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El puente de Waterloo

Me lo contó una vez un hombre que decía que había ido al colegio con John Lennon. Llevaba muchas copas encima y era un poco fanfarrón. Había venido al sur de la isla con todo incluido y quería vivir en una especie de paraíso etílico irreal antes de regresar a Liverpool para ver pasar la vida con su mísera pensión de jubilado. Aquel viaje se lo había pagado una de sus hijas. Recordaba la primera vez que John y él visitaron Londres. Tenían nueve años. Me contó que John se paró en el puente de Waterloo, más o menos donde esperó Vivian Leigh a Robert Taylor en la película que rodaron en ese puente, y que le dijo que algún día conquistaría esa ciudad. No sabía cómo. Entonces todavía no cantaba y solo era un niño rebelde y soñador que había sido abandonado por su padre.

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El vuelo lejano

Se despertó de madrugada y escuchó de fondo el avión que unos segundos antes acababa de sobrevolar su casa. Fue ese ruido el que le despertó. Él creía que se había sobresaltado por un mal sueño, pero había sido el vuelo demasiado bajo de aquel avión el que le había desvelado. En el aeroplano iba la mujer que más había amado en su vida. Volaba de un continente a otro y en ese momento pensó en él sin saber que hacía diez años que se había encerrado en aquel pueblo del norte de África que ni siquiera aparecía iluminado cuando lo mirabas desde tan alto.

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La llamada

La empresa me pagaba para que llamara por teléfono y ofreciera el catálogo de ofertas de sus productos. Casi todos me insultaban. Nos obligaban a llamar a la hora de la siesta. Los jefes sabían que después de las comidas es cuando más se entristecen los solitarios, y muchos sí es verdad que compraban los productos para poder hablar un rato con nosotras. Nos sabíamos la ley de memoria. Cuando alguien nos decía que quién nos había dado su teléfono le espetábamos esa ley y le invitábamos a que evitara la publicidad de sus datos en el lugar correspondiente. Sabíamos el nombre de la persona a la que llamábamos. Podía haber dos personas que se llamaran igual en la isla; pero era imposible que tuvieran el mismo número de teléfono. No reconoció mi voz. Me insultó y me dijo que me iba a perseguir hasta el infierno por haberlo despertado. Yo me mantuve en silencio. Hace veinte años llamaba a ese número y escuchaba las palabras más hermosas que jamás me hayan dicho. Él soñaba entonces con ser poeta y estaba enamorado de mí como no se ha vuelto a enamorar nadie en todos estos años. Colgué y les dije a los de la agencia que el usuario de ese teléfono era un indeseable al que deberían borrar de la lista.