Palíndroma

Cada vez que se levantaba a desayunar, las palabras se le movían de sitio y cambiaban las frases. A veces trataba de defenderse de esos juegos buscando palíndromos como anilina o kayak que se leyeran igual desde la izquierda y desde la derecha; pero incluso esas palabras alteraban sus letras y pasaban a contar otras historias. Al principio se desesperaba a todas horas. Llamó a un par de informáticos para que miraran el ordenador e incluso probó con unos conjuros aztecas por si era cosa de espíritus burlones. No hubo nada que hacer. Eso sí, cuando venían los informáticos o trataba de hacer una prueba delante de sus amigas más cercanas nunca pasaba nada. Escribía, se alejaba un rato del ordenador y al volver estaba todo exactamente igual. Decidió no seguir contando a nadie esas alteraciones textuales al ver la cara que estaban empezando a poner sus conocidas.
Ya últimamente ni siquiera se esforzaba en buscar metáforas o historias más o menos sorprendentes. Se levantaba de la cama, tecleaba al azar durante un rato y luego se iba a desayunar a un bar cercano sin agobios y sin pensar, como había hecho durante años, en los argumentos que estaban en marcha. Cuando llegaba ya tenía escrito el relato, el capítulo de una novela o el artículo que debía entregar esa misma mañana. Probó a escribir a mano alguna vez y le sucedía lo mismo. Todos destacan el salto de calidad de su prosa. Nada que ver con la aburrida y plúmbea escritora de estos últimos años. Mientras desayuna recuerda aquellas historias que siempre había soñado escribir. De vez en cuando encuentra alguna de ellas cuando regresa y lee lo que el azar ha querido hacer con sus letras. Se llama Ana Medem. Su nombre y sus apellidos suenan igual se lean por donde se lean. Es una palíndroma que cuando desayuna sigue escribiendo.

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