El escultor

Tanteaba el barro tratando de descubrir los rasgos de quien aún no sabía que estaba siendo imaginado. No siempre tenía suerte. A veces se le escapaba la belleza entre sus propias manos. No dejaba nunca de crear toda clase de seres que luego quedaban a merced de las travesías azarosas de sus propios pasos. Fuera del estudio estaban los museos, las salas de arte y también todas esas calles llenas de humanos que deambulan de un lado para otro. No hay artista que no se sienta un poco Dios cuando descubre rostros que no estaban antes de que él comenzara a modelarlos. Cada mañana, ante el espejo, también se veía como cualquiera de esas esculturas que había soñado mucho antes de que fueran descubiertas por sus manos. Tocaba sus pómulos y su frente como si fuera otro el que lo estuviera creando. Afuera también esperaban los marchantes para ponerle precio a todas las caras.

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