Café para llevar

Le pedía un café para llevar. Ella ni siquiera miraba cuando lo preparaba. Pagaba y salía a la calle a caminar con el vaso. Sentía el calor entre sus dedos y soñaba que andaba con ella de la mano. Cuando se enfriaba lo dejaba en alguno de los bancos del parque. Nunca le gustó el café, pero era lo que ella preparaba en aquel establecimiento lleno de trabajadores apurados. Cuando sentía el calor del vaso soñaba que le decía lo que ensayaba cada día delante del espejo justo antes de salir de la pensión: “He venido para amarte, llegué a esta ciudad pensando que iba a estar unas horas y llevo diez años viviendo en ella solo para venir a verte cada mañana”.

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