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Los llantos lejanos

Llevaba días levantándose con una tristeza extraña que sabía que no le pertenecía. Él era un hombre jovial, con una vida afortunada, que hacía años que no se quejaba nunca por nada. Se levantaba y veía caer unas lágrimas delante del espejo antes de dibujar su sonrisa diaria. Esa extraña desazón venía del piso de abajo. El nuevo vecino lloraba en sueños y él, sin darse cuenta, escuchaba, y casi llegaba a sentir, la misma tristeza. Si no hubiera vivido solo a lo mejor le habría avisado alguien de ese llanto lejano en la madrugada. Lloraba, se lavaba la cara y salía a la calle como si nada hubiera pasado. Hoy se tropezó al vecino en el ascensor. Tenía su misma cara y sus mismos gestos, y vestía con el mismo traje y una corbata idéntica. No hizo falta que se saludaran. Se miraron a los ojos y lloraron mansamente, como si cada uno de ellos reconociera la misma pena lejana. El otro tampoco sabía por qué había empezado a llorar todas las mañanas desde que se había mudado a aquel edificio con vistas a las montañas nevadas.

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El rey del verano

No invento nada. Venía del supermercado y lo vi aparecer con un perro famélico y una muleta. De fondo sonaba la banda de Agaete en un acto que habían organizado en la Plaza de Santa Ana. Nos conocíamos de Agaete. Él era uno de los jóvenes más deseados por las mujeres, con moto, deportista, y buen estudiante. No sé en qué momento se le quebraría la vida. Me recordó los días de La Rama mientras sonaba la música de fondo. Me dijo que le habían mandado muchas pastillas, pero que él prefería el ron barato que vendían en el supermercado en el que yo acababa de comprar. Era una marca blanca de bebidas. Le brillaban los ojos. Me pidió dinero y le dejé veinte euros. Me dijo que había leído uno de mis libros hacía tiempo y que se reconoció en uno de los personajes de aquellos veranos en Agaete. En ese libro él es el rey de aquella pandilla de jóvenes que pensaba que la vida no era más que un veraneo interminable.

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Otoñales

Llevaba el carro de la compra a todas partes. Recogía hojas del parque y luego las tiraba por toda la casa. Vivía solo desde hacía muchos años, en un eterno otoño de olvido y hojarasca.