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La placa

No quitaron la placa. Yo la llevaba viendo desde que era niño. Jacinto Fuentes Rodríguez. Abogado. Murió hace por lo menos veinte años y ese despacho está desocupado desde entonces. La placa se ha ido corroyendo y apenas se distinguen las letras. Quedan las mayúsculas del nombre y los apellidos y la A de abogado. Las minúsculas desaparecieron hace años. La J, la F, La R y la A parece que trazan un extraño acróstico que solo somos capaces de entender los que vimos a aquel hombre siempre serio entrar y salir de ese despacho en el que el óxido del metal se termina asemejando al olvido que deja el tiempo.

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Estrellas fugaces

Me dijo que era una estrella fugaz y desapareció para siempre. Yo no la creí cuando la abrazaba, pero al paso de las horas me quedé solo. Tenía las manos llenas de manchas grises. Ahora ya sé que las estrellas también se vuelven ceniza cuando desaparecen. Y que es verdad que hay amores de un día que dejan una estela imborrable entre nuestros dedos.

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El tropiezo

Iba escuchando música cuando tropecé con aquella silla de la terraza. La silla golpeó una mesa y la mesa se estrelló contra el cuerpo de un señor mayor que cayó al suelo y murió en el acto. Un camarero salió dando gritos. Decía que yo había matado a aquel hombre queriendo, que había empujado con todas mis fuerzas la silla para tirarlo al suelo. Mi versión resultó inverosímil. Incluso dije que escuchaba a Bach cuando me tropecé y que en ese momento era el hombre más feliz que había sobre la tierra. Mis hijas y mi mujer no quieren volver a verme. Nadie viene a visitarme a la cárcel. Yo solo salí del trabajo un momento para tomar el desayuno en una cafetería cercana a la que llevaba yendo desde hacía siete años.