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El otro Garrincha

Vivía en San Juan y era muy bueno jugando al fútbol. La cojera con la que a veces amanece le viene de aquellos años. Le rompieron la tibia y el peroné de una patada. Todos decían que si no lo hubieran lesionado hubiera llegado lejos. Le llamaban Garrincha. Los días de mucho frío apenas puede dar un paso cuando se levanta. Alguna vez le pregunté que cómo se llamaba el jugador que le había lesionado. Siempre decía que no se acordaba, pero es imposible que alguien olvide el nombre de quien le destroza todos sus sueños de una patada. En aquellos años jugaba en los juveniles de la Unión Deportiva Las Palmas. También tuvo mala suerte con los médicos. Le dijeron que podía estar agradecido por no haberse quedado cojo de por vida. No podría seguir jugando al fútbol pero sí hacer una vida normal. Por eso pudo trabajar de camarero. Solo le duele cuando cambia el tiempo. Hoy en día, con una lesión como la que tuvo, cualquier jugador vuelve a los terrenos de juego.

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Las salas conjuntas

Vi la esquela en el periódico. Fuimos novios durante algunos meses hace muchísimo tiempo. Me acerqué al tanatorio. No conocí nunca a su familia. Entré en la sala después de mirar el número en el panel de entrada. Todos se quedaron mirando para mí. Me acerqué a una señora y le di el pésame. Me dijo que no tenía ninguna hija. El que estaba muerto era su hijo. Me había equivocado de sala. Ya no fui a la sala de aquella chica que había sido mi novia hacía treinta años. Volví a mirar el panel cuando salía. En la sala en la que había estado velaban el cadáver del chico que estaba enamorado de aquella mujer que fue mi novia. Nunca me lo perdonó. Ahora el azar los había colocado casi juntos en el tanatorio. Mis pasos me llevaron a despedir a aquel chico que había sido mi amigo antes de que se cruzara aquella mujer bella. Espero que me haya perdonado.

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El barro de las palabras

Siempre me cuentas que tragas tierra sin darte cuenta. Saliste de allí esta mañana y acabas de aterriza en Heathrow. Nunca te fijas cuando hablas. A lo mejor allí es normal que suceda eso y nadie le presta atención; pero aquí no llega esa tierra. El Támesis se oscurecería todavía más con esa calima de tus islas. Tú no lo ves, pero cada vez que hablas todas tus palabras se vuelven barro con la humedad británica.