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La tortuga

Todo el mundo me hablaba de las tortugas de mi infancia. Me decían que me bañaba junto a unas que había en La Fragata de Sardina y que cuando venía a la capital siempre me paraba delante del mercado Central para hablar con ellas. Yo era una niña apocada y miedosa y siempre soñaba con tener un caparazón en el que esconderme. De mayor me he ido encerrando cada vez más dentro de mí misma. A veces, cuando me llaman por la calle, alzo un poco los hombros y bajo la cabeza. Estoy segura de que fui alguna de aquellas tortugas y que me confundieron con la niña que nadaba con ellas entre las aguas. Esa niña seguro que espera mi regreso dentro de un caparazón como el que yo sé que llevo sobre mi espalda.

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El árbol

Empezó a salir un pequeño tallo casi inapreciable. Mi hermano fue el único que se dio cuenta. A veces salía con un poco de agua y lo regaba. Luego nos tuvimos que marchar lejos con mi madre. Yo he regresado cuarenta años después a esa ciudad y a esa casa. Me contaron que ya no vive nadie y que el último inquilino se había colgado del árbol que estaba junto a la puerta. Mi hermano quería que le contara a la vuelta si aquella casa seguía en pie y si el árbol que él regaba tantas tardes había seguido creciendo. Tenía cinco años y yo ocho cuando nos marchamos.

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Mimetismos

No se da cuenta porque casi no ve. Tenía ese perro antes de quedarse prácticamente ciego. Salen juntos a pasear dos veces al día. Llevo más de diez años viéndolos pasar por delante de mi negocio. Antes le saludaba, pero ahora, a no ser que pase a su lado y pueda hablarle, prefiero no decirle nada. El perro sí me mira cuando pasa. Lo lleva a todos lados. Y desde hace unos días imita la cojera que sufre el dueño. Camina exactamente igual que él, cojeando con la pata delantera derecha. El dueño no se da cuenta de lo que hace su perro. También tiene su mismo semblante, entre triste y melancólico, cuando recorre las calles lentamente.