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Cuentacuentos

Siempre se contaron historias. Y se seguirán contando. En las cuevas, en los cruces de caminos, en las plazas, en los hospitales, en las habitaciones de las casas, en los soliloquios y en los bullicios, en las mañanas y en las madrugadas, historias que nos hacen viajar lejos, que nos permiten olvidar lo que tenemos delante, que alientan a los sueños, que nos conmueven, que nos alegran, que nos entristecen, pero que nunca nos dejan como mismo estábamos antes de escucharlas.
Tenemos la necesidad de ser otros para creernos eternos de vez en cuando, o para saber que no solo somos lo que respiramos y lo que vemos cada vez que nos miramos en los espejos. Leemos para escuchar palabras que nos conmuevan en nuestros adentros, para entender al otro, para comprendernos y también para saber que la existencia viaja mucho más lejos de lo que creemos, y mucho más allá de nuestros espejismos diarios. Lo veo en la cara de los niños que asisten casi todos los viernes por la tarde a las sesiones de cuentacuentos de la Biblioteca Insular del Cabildo de Gran Canaria. Me siento en las últimas filas y observo el viaje interior que hace cada niño a través del milagro de la imaginación y de las palabras. No hay nada más, ni efectos especiales, ni wifis, ni videojuegos, ni ningún otro asidero que no sea el de los argumentos que alguien cuenta como mismo nos los contaban a nosotros hace décadas, como se los contaron a nuestros abuelos, como los escucharon Alejandro Magno, Ovidio, Montaigne, Cervantes o Galdós cuando fueron pequeños, como los oyeron Cleopatra, Teresa de Jesús, Marie Curie, Virginia Woolf o Marguerite Yourcenar cuando fueron niñas, como mismo llevan soñando todos los seres humanos desde que un día dejaron de ser monos y empezaron a evolucionar mucho más allá de lo que imaginaron cuando dejaron de saltar de rama en rama. Esos niños que escuchan a los que cuentan historias prodigiosamente, se acercan luego a los libros como si prosiguieran un juego, rebuscan, miran ilustraciones, deletrean sílabas que a lo mejor descubrieron esa misma mañana en el colegio y se asoman a los anaqueles sabiendo que en todos esos libros comienza una aventura tan interminable como aquella que nos contó Ende y que revivimos cada vez que nos acercamos a un libro nuevo. Quizá el mundo que tenemos sería diferente si muchos de los que nos gobiernan hubieran asistido a sesiones de cuentacuentos y si hubieran rebuscado libros en las bibliotecas. Donald Trump no sería el que es, ni todos esos prepotentes, soberbios y altaneros. Los niños que escuchan cuentos o que leen en los libros aprenden a ponerse en el lugar del otro desde que son pequeños. También se acercan al camino de los sueños. Y de alguna manera prosiguen con esa evolución de las especies que nos acerque a un mundo más justo y más habitable.

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Los perros de bronce

Se sacaban una fotografía delante de la Catedral. Parecían unos recién casados que estaban de luna de miel. Yo les miré desde la otra acera. Vi la felicidad en la cara de aquella mujer y la mirada de enamorado del hombre que vestía una cazadora negra. Recordé otras fotos parecidas, con otras mujeres, en otros viajes, a lo largo de los años. Siempre felices. A veces recorremos aceras que circundan nuestra propia biografía. Cuando volví a mirar ya no estaba aquella pareja de enamorados y parecía que habían pasado más de treinta años por aquella plaza con unos perros de bronce en las escalinatas.

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Las sombras de las palabras

Nadie supo nunca que estuvo toda la vida escribiendo con la misma letra menuda que trazaba Robert Walser cuando estaba encerrado en Herisau. Escribía por la noche y borraba todas las palabras por la mañana. Solo encontraron el papel que dejó escrito la última madrugada. Eran frases sin sentido, notas que parecían bosquejos de un orate desnortado. Escribía siempre con un lápiz del número dos. Era el único capaz de ir trazando las sombras que quedaban detrás de todas sus palabras.