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Los viejos edificios

Cada uno de nosotros tiene fachadas en las que la memoria escribe mucho más de lo que seríamos capaces de recordar si no contáramos con esos asideros que dibujan escenas de nuestro propio pasado. La casa en la que vivimos, el colegio en el que estudiamos las primeras letras, aquel palacio junto al que pasábamos cada día cuando vivíamos en una ciudad lejana, la universidad o la vieja casona a la que nadie miraba y que nosotros mantenemos viva en nuestro recuerdo. A veces uno tiene la impresión de que sigue de largo, pero que la sombra se va quedando en el reflejo de los charcos o cuando se proyecta sobre cualquiera de esas fachadas que nos hacen volar en el tiempo.
Los que vivimos en Guía de Gran Canaria (aprovecho para reivindicar de una vez este nombre que siempre fue el de mi pueblo hasta que un alcalde decidió ponerle Santa María de Guía en los años sesenta) tenemos el edificio de los Salesianos como una imagen recurrente. No estudié nunca en ese colegio. Estuve en las Dominicas (otro inmueble que debe recuperar el pueblo) y me tocó inaugurar el Nicolás Aguiar. Sí iba cada año a los Salesianos porque organizaban una especie de encuentro, y me colaba en el edificio siempre que podía. Lo conozco bien, pero sobre todo lo conoce mi memoria si cierro los ojos y recreo los contornos de mi pueblo. Lleva años presentando una imagen lamentable. Algunos vecinos se han unido para tratar de que no se venga abajo y para que se dedique a fines sociales. Me he unido a ese grupo desde la distancia porque puedo dar fe de la integridad y de la buena fe de sus integrantes. Queremos que el Obispado respete la voluntad de quien donó esos terrenos y lo ceda a la comarca norte. De entrada se plantea destinarlo a residencia sociosanitaria, algo parecido a lo que puede ser El Sabinal o la antigua Clínica del Pino. Hay una gran demanda en el Norte de muchas personas que no logran plaza en las residencias y que viven una situación muy difícil. No desdeñamos ninguna otra propuesta social. Tratamos de que ese inmueble tenga una utilidad social y, al mismo tiempo, intentamos que la imagen del edificio aparezca siempre en el horizonte con aquella majestuosidad que conservamos los que lo vimos en sus mejores días. Creo que es lo menos que podemos hacer por quienes nos precedieron y por quienes lleguen en el futuro. Y que es lo que deberíamos hacer en cada calle y en cada pueblo. Si dejamos que la belleza se venga abajo para que especulen con ella tendremos un mundo cada día menos habitable. Esta iniciativa nace, y eso es lo hermoso, de un grupo variopinto de ciudadanos que se han unido para intentar que no triunfe siempre la especulación y la indolencia. Les iremos contando. Así recuerdo que empezaron hace muchos años quienes abanderaron El Pino es Nuestro. Y gracias a ellos El Pino es hoy de los que más lo necesitan.

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La puerta de cristal

No atravesó ninguna dimensión. Había escuchado que quien atravesaba una puerta de cristal viajaba a otro tiempo lejano. Cogió carrerilla. Nosotros vimos cómo pasaba corriendo por delante de nuestro despacho. Luego escuchamos el impacto y llamamos a la ambulancia para que lo atendieran. Se destrozó la cabeza. Ahora viene de vez en cuando, como sonámbulo. Lo traen sus pasos, pero su cerebro nunca recuerda que él trabajaba con nosotros en este mismo espacio. Cuando se golpeó contra la puerta de cristal se le metió otra vida en la cabeza, pero él sigue estando en la misma dimensión y con el mismo cuerpo.

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El faraón

Nadie sabía qué hacía con aquella mujer. Ella le decía que cada noche hablaba en sueños y que relataba sus días como faraón egipcio. Ella de joven estudió todo lo que pudo sobre egiptología. Soñaba con encontrar algún día a un hombre que se pareciera a Clark Gable para inventarle sueños faraónicos. Él necesitaba aquellas crónicas oníricas más que todo el amor que pudieran darle otras mujeres.