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Lo inverosímil

A veces la realidad parece una broma, una extraña pesadilla o lo que uno percibe en esos días de gripe y de fiebre en los que todo se vuelve nebulosa o irrealidad. Recuerdo la madrugada del recuento de votos. Me desvelé y encendí el transistor para tratar de conciliar de nuevo el sueño; pero el sueño también salió espantado cuando fue conociendo lo que nos hubiera parecido un imposible tan solo unos meses antes, y no digamos unos años atrás. El esperpento, lo inverosímil, fue apareciendo en las pantallas, se fue gestando en los recortes de la educación y en esa creencia de que somos globales y de que esa globalización acabará encontrando el camino por sí sola. Y claro que encontró el camino y nombró como guía a un histrión, a un tipo que presume de xenófobo y que no tiene recato a la hora de mostrar públicamente su insolencia y esa arrogancia de los nuevos ricos que se creen eternos por tener dólares o rascacielos que miran al East River.
No era una broma y ya tenemos un presidente de Estados Unidos que, si no estamos atentos, puede llevar al mundo al caos y a una peligrosa deriva, sobre todo si ese perfil político se empieza a extender en otros países y si los extremismos siguen encontrando cobijo en la incultura, la inseguridad y la manipulación de ciertas cadenas de televisión interesadas en transmitir valores cercanos a la estulticia. Soy de los que cree que el ser humano es casi milagroso. Lo ha demostrado en su evolución a lo largo de miles de años, aun con caídas al vacío y con guerras o abusos de poder intolerables. Pero si queremos que el mundo no vaya a la deriva tendremos que reaccionar quienes creemos en la libertad y en la igualdad de oportunidades, todos los que consideramos que no hay otro camino que no sea el que propugne y respete los Derechos Humanos. Un señor que quiere levantar muros sin saber que los peores muros son los de la ignorancia, y que tiene en su mano, y nunca mejor dicho, la posibilidad de hacernos saltar a todos por los aires en cualquier momento, es un gran peligro para los que habitamos ahora mismo este planeta y para los que llegarán un día como llegamos nosotros a intentar cumplir nuestros sueños. A mí todavía me sigue pareciendo mentira lo de Donald Trump, como me pareció mentira lo del Brexit en su momento, pero estamos en un momento en que todo es tan etéreo y tan inconstante que casi no tenemos tiempo de asimilar esas grotescas bromas del destino. Pero lo que está sucediendo no es una mala película de Serie B que acabe antes de la merienda, ni un programa cutre de la tele que termine antes del verano. Esto es verdad, y creo que urge darnos cuenta para que empecemos a preocuparnos de todas esas mentiras y de esos falsos valores que enseñan en la pantalla a todas horas. Más educación, más viajes y más lecturas. En ese orden, o variando la secuencia.

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Hielos y tacones

Se probó uno de los zapatos y salió fuera de la tienda buscando cobertura para el teléfono. Empezó a hablar y a alejarse sin darse cuenta. Cuando volvió, la tienda estaba cerrada y con las luces apagadas. No había nadie dentro y ella llevaba un zapato distinto en cada pie. El que se probaba tenía un tacón alto y el otro era plano. Caminaba a duras penas hasta la parada de taxi, desnivelada y bamboleándose como esos barcos que se quedan a merced de las mareas. Con la conversación se había acabado la batería del teléfono y el bolso se le había quedado dentro de la tienda. Fuera del centro comercial caía la nieve y ninguno de los taxistas quiso llevar gratis a una mujer tan estrafalaria en su calzado. Salió a la calle y el zapato de tacón se enterró en la nieve en una zona por la que no transitaba nadie. Quiso sacar el pie pero con la congelación se le ensanchó tanto que no hubo manera de arrancar el zapato. Se convirtió en una graciosa figura de nieve. Hasta que no se derritió el hielo no se dieron cuenta de que era ella.

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El teclado y el pájaro

El pájaro llevaba con nosotros una semana y no había cantado absolutamente nada. Ahora no hay quien lo haga callar cada vez que golpeas el teclado. Solo canta cuando tú escribes, como si él también creyera que está trazando palabras a medida que golpeas las teclas y te inventas esas historias en las que casi nunca cantan los pájaros.