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Amores y pecios

Tomaba agua a todas horas. Desde niño todas las angustias se le acumulaban en el estómago. También los desamores. Cuando una historia de amor acababa sentía como si temblara la tierra dentro de sus entrañas. En esos días bebía todavía más agua. Intentaba que se ahogara cuanto antes el recuerdo de ese amor que había perdido. Y si no se ahogaba, que por lo menos quedara como uno de esos pecios hundidos en el fondo de los océanos. Todo amor perdido es como un pecio que se llena de herrumbre en nuestra alma.

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El ojo huido

Al estornudar se le saltó el ojo derecho y empezó a correr por todo el pasillo. Lo llamaba insistentemente, pero un ojo que se da a la fuga casi nunca regresa. Lo quiso seguir pero lo perdía de vista cada vez que se escondía entre la gente. Ahora tiene otro ojo prácticamente idéntico pero no soporta su propia mirada en los espejos. El ojo que se fue ha ido haciendo su propia vida. Tiene dos ojos pequeños y una mujer que dice que no hubiera sabido vivir si él no hubiera aparecido.

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Los sinónimos

Siempre te dirá lo mismo con dos palabras diferentes. Lo lleva haciendo desde que era niño, mucho antes de que le explicaran lo que era un sinónimo en el colegio. Hay personas que se duplican de esa manera, como si vivieran dos veces a través de las palabras. Si te fijas, podrás darte cuenta de que nunca utiliza el mismo tono cuando habla. Solo hoy me he atrevido a preguntarle por qué lleva haciendo eso toda la vida. Me ha mirado y luego me ha dicho que vive en dos planos diferentes y que cuando lo escucho yo también habito esas dimensiones sin que me esté dando cuenta. Lo ha dicho muy convencido y le ha dado lo mismo mi reacción. Le dije que se dejara de tonterías y que viviera la única vida que tenía. Él me contestó que en la otra vida le estaba diciendo lo contrario y que era yo el que le había enseñado a vivir sinónimamente.