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Las flores y el fantasma

Todas las mañanas desde hacía dos semanas se había encontrado flores en la bañera. Era imposible que nadie entrara a su casa con aquella puerta blindada y las ventanas que daban al vacío de un décimo piso. Desde el segundo día que encontró las flores también dejó el baño cerrado con una llave que colocaba debajo de su almohada. La última noche ni siquiera durmió y estuvo atenta a cualquier movimiento en su casa. Llegó al baño y volvió a encontrar un ramo de flores recién cortadas en la bañera. Le hubiera gustado decirle algo, pero él sabía que un fantasma jamás puede expresarse con palabras.

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La pianista

Todos los días la esperaba. Desde que tenía cinco años y empezó a llevarla a las primeras clases. Se sentaba a su lado cuando ensayaba durante horas y terminó dejando el trabajo para acompañarla en los conciertos que iba dando por todo el mundo. Hoy toca el piano con los ojos cerrados. No necesita mirar la partitura porque está tocando para él. Sabe que es imposible que no esté a su lado. Ella ya tiene cuarenta años y está interpretando en el Royal Festival Hall el concierto para piano y orquesta número 3 en Do Menor de Beethoven junto a la Sinfónica de Londres. Ese fue siempre el gran sueño de su padre. Por eso ella está segura de que la está escuchando. También sabe que los muertos están siempre cerca si mantenemos los ojos cerrados.

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El psicoanalista

No volvió a aparecer por la oficina. Lo encontraron en su casa. No quería dejar solo al mosquito. Su hermano lo mató de un zarpazo. Él decía que ese mosquito le decía con su zumbido que no lo abandonara y que tenía miedo a la soledad. Por eso mató a su hermano cuando vio al insecto estampado contra la puerta del ropero. No he querido ir a visitarlo. Llevábamos diez años trabajando juntos. Era una persona normal. Nunca le vi psicoanalizando a ningún insecto mientras revisábamos facturas o escribíamos informes financieros.