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Los navegantes

Desapareció. Siempre dijo que cualquier día dejaría de aparecer por la oficina y que se perdería en algún lugar en el que nadie pudiera encontrarlo. No tenía familia cercana. Sus compañeros lo echaron de menos los primeros días, pero luego siguieron trabajando como si nunca hubiera existido. La policía dejó el caso abierto y se inclinó por un posible suicidio. Había dejado muchos avisos en muchas partes de que en cualquier momento le perderían la pista. Todo fue sencillo. Llegó paseando al Muelle Deportivo, miró a aquella mujer, se sonrieron, subió al velero y ahora navega por todo el mundo. No se baja en ningún puerto. No quiere volver a pisar tierra nunca más. Cocina, limpia y ha aprendido a izar las velas y a llevar el timón. Aquella mujer también se había escapado hacía tiempo del otro lado del planeta. Ella sí baja en los puertos, pero solo lo justo para los trámites aduaneros y las compras. Son felices en medio de los océanos. La única condición que se pusieron fue no hablar jamás de sus recuerdos. Para ellos la vida empezó el día que se conocieron.

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La sinfonía perfecta

Le cambiaron varias notas cuando ya estaba muerto. Por eso, cada vez que tocan esa sinfonía, los músicos se equivocan, el viento abre una ventana inesperadamente o se van las luces en el teatro. Jamás se ha podido interpretar. Nadie supo nunca que esas notas habían sido cambiadas por un hermano del músico. Tampoco se ha podido grabar sin extrañas interferencias. Quienes logran escucharla en su cabeza leyendo las notas dicen que es la sinfonía perfecta y siguen insistiendo en tocarla una y otra vez. Pero aquel músico no buscaba la perfección sino la belleza. Su hermano y sus conocidos insistían en que añadiera esas notas que le agregaron después de que muriera. Siempre se negó. Por eso nunca se ha ido, ni se marchará mientras quede un instrumento sobre la tierra empeñado en tocar esa sinfonía perfecta.

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El canto del gallo

Lo vi sentado antes de que amaneciera. No había dormido en toda la noche y ahora escuchaba atento el canto de los gallos. Miraba hacia las montañas y respiraba profundamente. Luego subió al coche y lo llevamos al hospital. Él sabía que no regresaría nunca. Hoy los gallos cantan de otra manera. Él nos contaba que nunca era el mismo canto y que a veces anunciaban todo lo que nos acabaría sucediendo. Hoy suenan tristes, como más apagados. Yo me he sentado en la misma silla en la que él llevaba viendo amanecer desde hacía más de cincuenta años. Esos gallos siguen cantando como si lo echaran de menos esta mañana.