Publicado el

Confusiones

Te llevas la maleta de otro y desde que la abres y te cambias de ropa te conviertes en ese otro que no conoces, y solo confías en que él ya te haya asimilado lo suficiente como para mantener a salvo tus recuerdos. Tú ya estás empezando a recordar muchas historias que no has vivido. Te emocionas con ellas como si formaran parte de tu vida para que él intuya que su pasado está a salvo en tu cabeza. Y sigues confiando en que él también sea generoso y le deje un hueco a todo lo que habías vivido antes de confundir aquella maleta en el aeropuerto.

Publicado el

Las bandejas

También los días festivos mantenemos rutinas que nos acaban hermanando con otros paseantes o con quienes salen a comprar el pan o el periódico. A la misma hora, por la misma zona, nos tropezamos a quienes vienen de una iglesia o de una cafetería y a los que llegan sudorosos después de recorrer trotando las calles vacías de los domingos. Casi conozco hasta el eco de los pasos de esa pareja que veo venir a lo lejos mientras leo el periódico en una terraza. Son muchos años saludándonos por las aceras. Uno no se da cuenta de que envejece hasta que no se ve reflejado en las caras de los otros. Los recuerdo mucho más jóvenes. Llegaban con sus hijos y eran mucho más ágiles y más alegres. Ahora siguen manteniendo esos gestos serenos de quienes han vivido los años intensamente; pero caminan más lentos, apoyándose el uno en el otro, y parándose a respirar de vez en cuando. Él lleva un bastón y ella le ayuda siempre a bajar la acera.
Cada domingo acuden a la dulcería. Ya no queda casi ninguna de aquellas dulcerías que conocíamos de memoria con la especialidad de cada una de ellas, las milhojas de unas y las palmeras de la otra. Sabíamos dónde ir a buscar las mejores truchas de batata o el pastel de carne más crujiente cuando llegaba navidad. Ahora la mayoría de las dulcerías son más impersonales y los dulces apenas se diferencian de unas a otras. Ellos siguen con el mismo rito de cuando estaban recién casados. En aquellos años, llegaban a la dulcería para comprar la bandeja que llevaban a casa de sus suegros. Esa bandeja fue teniendo cada vez más dulces a medida que nacían sus hijos y los hijos de sus hermanos. Ahora siguen viniendo cada domingo a buscar la misma bandeja, pero los dulces ya no son para sus padres sino para sus nietos. Saben lo que le gusta a cada uno de ellos y van llenando cuidadosamente la bandeja con la que luego yo los veo pasar nuevamente delante de la terraza en la que leo el periódico. Nos sonreímos y nos saludamos con la tranquilidad de que nuestro pequeño mundo de domingo sigue intacto. Cambian las modelos de los coches, las modas, las necesidades tecnológicas y hasta nuestro propio humor diario. También son otras nuestras caras y nuestros cabellos enseñan las canas del paso del tiempo; pero sonreímos sin decirnos nada porque cada domingo asumimos nuestra condición de supervivientes. No sé qué pensarán ellos de mí después de tantos años. Ni siquiera conocemos nuestros nombres, ni sabemos nada de nuestras respectivas vidas cotidianas. Algunas mañanas se acercan con sus nietos como llegaban con sus hijos hace años. Esos domingos salen con muchos más dulces en la bandeja que se llevan a su casa. Cuando se alejan recorro con ellos la sombra del tiempo que todos vamos dejando por las calles.

Publicado el

Los caramelos

Durante el vuelo alguien había mordido todos mis caramelos. Doy fe de que estaban intactos y de que no los saqué del bolsillo de la chaqueta que llevé puesta todo el rato. Ya en tierra los coloqué sobre la mesa y los besé uno a uno porque estoy seguro de que ella aprovechó las alturas para que volviera a sentir el sabor de sus besos. Hace ya tres años que la incineramos y que dejamos que sus cenizas las esparciera el viento.