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Los asientos

Sacaban los asientos de aquel cine que acaban de cerrar en la ciudad en la que vivía hace treinta años. Regresaba después de mucho tiempo. Los sillones seguían pegados unos a otros, a veces la fila entera y otras veces tres o cuatro asientos. También había muchos separados de dos en dos. Reconocí tu sombra y el lugar en el que siempre nos sentábamos a ver los estrenos. Seguíamos allí, sentados juntos, mirando a la pantalla, pero sabiendo que el otro estaba justo al lado y que al encender las luces volveríamos a reconocernos en nuestras miradas. Aquellos hombres tiraban los asientos en un camión desvencijado. No creo que los reutilizaran en ninguna parte. Llevaban muchas horas de cine y de amores olvidados debajo del polvo que casi no dejaba ver el color granate que también reconocían todos los actores y todas las actrices que se asomaban desde el otro lado de la pantalla.

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La Gioconda

De repente la vi en el cuadro y desapareció de mi lado. Habíamos viajado juntos a París. La conocía hacía dos años. Cuando regresé nadie se creyó la historia y tampoco la recordaban. Decían que yo nunca había estado con esa mujer del cuadro que está en el Louvre, que nunca había amado a La Gioconda.

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Las figuras de Lego

Plantaba un árbol y crecían figuras de Lego porque cuando era niño, mucho antes de que le diera por repoblar el solar que está delante de su casa, ya había enterrado aquellas piezas que estaban mucho más abajo que las raíces esperando a que alguien las regara para mirar al cielo.