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El culturista

Estuvo conmigo en el gimnasio hace treinta años. Ganó muchos premios de culturismo y caminaba por la calle mirándose todo el rato los bíceps. Con el paso de los años lo encontré cargando muebles en un almacén que estaba cerca de mi trabajo. Seguía siendo un hombre membrudo y fuerte, pero no tenía nada que ver con aquel joven apolíneo que cuidaba hasta el último centímetro de su cuerpo delante del espejo. Hoy volví a pasar delante de ese almacén después de mucho tiempo. Era un local abandonado, como si el negocio se hubiese arruinado de la noche a la mañana y lo hubieran cerrado con los muebles dentro. Me acordé de aquel culturista que con veinte años solo creía en su cuerpo. Había dejado los estudios y nos decía que quería llegar a ser como Silvester Stallone o Arnold Schwarzenegger

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El preso

Nos llamó a todos. A veces lo hacía. Luego estaba muchos meses sin dar señales de vida. Nos contaba detalles del país en el que estaba y nos invitaba sabiendo de antemano que ninguno de nosotros iría a visitarlo. Nunca salió de su casa. Fue una aventura de enciclopedia y teléfono. Hoy ha aparecido en la página de sucesos del periódico. Estafaba a la gente con timos por Internet. La noticia no era más que un breve. No había fotografía, pero identifiqué sus iniciales y la calle en la que vivía su madre. Seguía en la misma casa que habitaba cuando éramos pequeños. Aprobó cada año del colegio, pero todos sabíamos que se copiaba o daba el cambiazo. Siempre fue un farsante que quiso ser aventurero. Hoy me ha llamado diciéndome que está en un pueblo remoto de Nueva Zelanda. De fondo se escuchaba el chirriar de los barrotes.

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Retrato al carboncillo

Apareció anoche en mi sueño. Me saludó con la mano y volvió a marcharse por la misma calle por la que había llegado caminando mientras yo soñaba una historia que ahora no recuerdo. Me hizo una señal y cuando quise abrazarla desapareció en la niebla. La recordé al despertar unas horas más tarde y fui a esa calle que sí reconocí en el sueño. El viento no dejaba de mover un papel con una letra extraña. Tampoco pude alcanzarlo. Esa misma noche, en otro sueño, tuve ese papel entre mis dedos. Se convirtió en ceniza. Ahora escribo esto con los dedos manchados por las tostadas que se me acaban de quemar en la cocina. Trazo su cara en un papel como en aquellos dibujos al carboncillo que a los dos nos fascinaban cuando los encontrábamos en los museos que fuimos recorriendo por medio mundo.