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La tarta

Jamás se lo perdonó. Ella tiene ahora cincuenta años y él ochenta y seis. No se lo dijo, pero desde aquel día le miró con ojos rencorosos. Él trataba de ser cariñoso todo el tiempo, pero nunca conseguía sacarle una sonrisa. Tampoco lo besaba. Ella tenía seis años y él cuarenta y dos. Había comprado la tarta el día anterior y esa noche salió de farra con sus amigos a celebrar una sonada victoria del equipo de fútbol de la isla. Cuando llegó tenía mucha hambre y levantó el corcho que cubría la tarta. Primero quiso coger solo una guinda, luego pasó el dedo por el merengue y al final se comió la mitad de aquella tarta de cumpleaños. No pudieron conseguir otra al día siguiente. Era domingo y estaba todo cerrado donde vivían. Tuvo que soplar las seis velas colocadas en fila entre los restos que había dejado su padre en la madrugada. Sus primas se burlaron de ella todos los años siguientes y no quiso volver a celebrar ningún cumpleaños. Hoy se lo está echando en cara a su padre, pero él sonríe y la confunde con su madre. Su madre murió hace nueve años. Él le dice todo el rato que se quiere casar con ella y que le gustaría tener muchas hijas con ojos alegres.

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El cuerpo que se ama

Hay cuerpos que se acarician siempre con los ojos bien abiertos. A veces se sueña la belleza y otras veces se roza con la punta de los dedos. Es mentira que los sueños no se cumplan. Los poros de su piel desmentían cualquier axioma que tuviera que ver con el desaliento. Luego se vestía y se marchaba. Yo me quedaba en la cama dibujando los contornos de su cuerpo como cuando era niño dibujaba las formas de las nubes en el cielo. Nunca se ama a la misma mujer aunque sea la misma todas las veces.

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El daltónico

Fue un niño consentido que cuando decía algo no había quien le llevara la contraria. Se tiraba al suelo, berreaba, golpeaba las puertas o se arrancaba el pelo violentamente. Todos terminaban por darle la razón aunque no la tuviera. Por eso nunca aprendió el nombre de los colores. Al verde le llamó rojo, al azul amarillo y cuando veía algo negro repetía que era morado. Lo echaron del primer colegio porque no le consintieron sus cabezonerías, pero sus padres tenían mucho dinero y le pagaron otros colegios privados que no querían perder los generosos donativos. También le compraron el título universitario en una universidad extranjera. Ahora es mi jefe. He tardado muchos meses en olvidar el nombre real de los colores; pero ya puedo decir que soy fijo en la empresa. Nunca se enfada conmigo porque antes de responder le pregunto siempre lo que piensa. Mi mujer cree que me he vuelto daltónico. No le he dicho la verdad, pero ella está contenta porque gano mucho dinero.