Voleibol

Cuando saqué a pasear a mi perro por Vegueta me encontré a diez turistas jugando al voleibol en la Plaza de Santo Domingo. Eran las nueve de la noche. Reían y saltaban como si el mundo fuera perfecto. No hacía frío. Los viejos que se sientan en uno de los bancos miraban con asombro el bote del balón y los saltos casi acrobáticos. No les hacía falta red para imaginar que saltaban entre dos paraísos inventados.

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