Tonatiuhtéotl

Una vez me perdí en una de las zonas más peligrosas de DF. Bebí tequila con cuates casi sin dientes que me hubieran hecho cambiar de acera en cualquier ciudad europea. Me invitaron a su casa y comimos burritos que íbamos rellenando con carne picante, con jalapeños y con guacamoles. Uno de ellos cogió un revólver y empezó a disparar contra los cristales de un patio lleno de geranios. Brindábamos con Don Julio Reposado. Solo yo pedía sangrita de vez en cuando. Cantamos rancheras durante dos días. Afuera sonaban sirenas y hacía un calor que rajaba las piedras. Me dejaron delante de mi hotel. El hijo de uno de ellos quería ser poeta. Tenía diecisiete años y no había parte de su cuerpo que no cubriera un tatuaje con motivos aztecas. Decía que era hijo del Dios Sol. Yo lo creía, y su padre se sentía orgulloso de que su único vástago le mirara con aquellos ojos de fuego.

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