Pijamas

Me lo dijo por teléfono como quien cuenta una confidencia que no querría que supiera nadie. Toda la vida había sido un hombre alegre que no había faltado ni un solo día a su trabajo. Le gustaba este trabajo. Había estudiado duro para conseguirlo. Pero esa mañana, cuando acababa de cumplir sesenta años, no había sido capaz de quitarse el pijama. Se metió otra vez en la cama y miraba hacia el techo y hacia las gotas de agua que caían por el cristal de la ventana. Eso fue lo que me contó cuando hablamos. Vivía solo. Nadie le preguntó qué le pasaba. Yo llevo trabajando a su lado quince años. Lo conocía bien, o eso creía hasta aquella mañana. No volvió nunca más a ocupar su despacho. Le llamé dos o tres veces más, y nunca dejó que fuera a visitarle. La última vez que pude hablar con él seguía en pijama y me decía que no quería volver nunca más al colegio.

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