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La chaqueta

Llegaba a su casa. Colgaba la chaqueta en el perchero y se sentaba a hablar con ella del peso de todo el día que había dejado atrás. Vivía solo. Él veía cómo se conmovía con las emociones. Nunca se la quitaba de encima en la calle. La gente no entendía aquella fijación por una prenda de ropa tan gastada. Tenía mucho dinero, pero nunca la traicionó. Su padre y su abuelo también habían hablado con los percheros, pero lo hacían solo cuando había camisas blancas. Cuando su hijo venía a visitarle lo miraba hablando con los zapatos. La chaqueta le decía siempre que no se preocupara por escuchar voces en su cabeza. Fue lo que le dijo al juez cuando mató a aquella camarera que le había echado el café por encima, que su chaqueta lloraba y que él sabía que ella lo había hecho intencionadamente.

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El papel y lo abstracto

Se recicla el papel, pero no las letras, o por lo menos se salvan las letras que alguien memorizó inconscientemente mientras leía o subrayaba una frase. Él ha perdido la memoria, y sin embargo yo sé que allí donde no alcanza ahora mismo su recuerdo se repite un eco de versos o de frases de novelas que releyó muchas veces. Yo leo esas palabras en el fondo de su mirada. Los demás creen que ha vuelto a la infancia y que no sabe dónde habita ni dónde vive cuando abre los ojos cada mañana. No aciertan. Su otro yo recuerda nítidamente toda la literatura que pasó ante sus ojos ávidos de historias y de emociones inolvidables. El olvido solo hace desaparecer el papel, la materia de la que se vale lo abstracto para mantenerte a salvo.

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La piedra

Aquel hombre salía de su casa y caminaba por la calle contando cada uno de los adoquines que se iba tropezando. Llevaba haciendo eso desde hacía cuarenta años, siguiendo el mismo recorrido, con lluvia y con sol. Tenía la suerte de que donde vivía nunca nevaba. Hoy ha vuelto sobre sus pasos. Faltaba un adoquín. Contó de nuevo y comprobó que no estaba. Había seiscientos sesenta y dos piedras perfectamente colocadas, y no seiscientas sesenta y tres. Él salía a caminar a las seis de la mañana para tener tiempo de contar sin prisas. No encontraba ningún hueco. Todo estaba igual que siempre, pero faltaba un dígito en su cuenta. Se sentó en el suelo y se volvió piedra para cuadrar la cuenta. Algunos le echan dinero cuando lo ven quieto.