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El personaje

Se iba parando de vez en cuando. Regresaba a su casa y alguien había dejado por todo el trayecto páginas de un libro que él iba leyendo poco a poco. Contaba su vida. Habían narrado su existencia y la habían publicado en un libro que ahora aparecía deshojado por donde transitaba a diario. Se reconoció personaje. No era la persona que creía que era sino solo aquella que alguien contó en una novela que estaba desperdigada por la calle. La gente pasaba a su lado como si no existiera. Solo quien leyó alguna de aquellas páginas lo llegó a ver en su mente como mismo se veía él cuando se iba reconociendo en las palabras.

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El improvisador

El niño iba improvisando canciones por la calle, letras inventadas a medida que iba viendo escaparates, colores o gente que pasaba. Su padre no estaba atento. Si lo hubiera escuchado habría descubierto un poeta. Lo fui cuando pasaron unos años. Yo era ese niño que cantaba canciones por la calle hace ochenta años. Ahora solo soy un viejo que tararea recuerdos, y me aparece el eco de esas canciones que no se grabaron en ninguna parte. Olvido lo inmediato y recuerdo todo lo que improvisaba en mi infancia, aquellas canciones y la mano tierna y segura de mi padre.

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La fumadora

Salió a la calle y se fumó un cigarro. Nunca antes había fumado. Su compañero de oficina le dio las gracias. Realmente estaba matando el mono de su compañero con cada calada. Ahora solo tiene que hacerle una señal para que ella recoja su caja del cajón y salga fuera a fumar los cigarros. Le da lo mismo enfermarse a largo plazo. No le saben a nada porque quien se queda con el sabor es el que sigue trabajando en la mesa. Solo es un extraño conducto por el que pasa el humo. Los dos se aman desde hace muchos años, pero ella no logra besarle porque jamás ha soportado un aliento con sabor a tabaco.