La chaqueta

Llegaba a su casa. Colgaba la chaqueta en el perchero y se sentaba a hablar con ella del peso de todo el día que había dejado atrás. Vivía solo. Él veía cómo se conmovía con las emociones. Nunca se la quitaba de encima en la calle. La gente no entendía aquella fijación por una prenda de ropa tan gastada. Tenía mucho dinero, pero nunca la traicionó. Su padre y su abuelo también habían hablado con los percheros, pero lo hacían solo cuando había camisas blancas. Cuando su hijo venía a visitarle lo miraba hablando con los zapatos. La chaqueta le decía siempre que no se preocupara por escuchar voces en su cabeza. Fue lo que le dijo al juez cuando mató a aquella camarera que le había echado el café por encima, que su chaqueta lloraba y que él sabía que ella lo había hecho intencionadamente.

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