El hacedor

Dibujaba pájaros y luego echaba a volar los papeles desde la azotea de su edificio. Algunos se marchaban tan lejos que parecía mentira que no fueran aves que confundían el plumaje con las hojas de la libreta. Él era un tipo que siempre estaba sonriendo. Nadie sabía que subía a las azoteas cada tarde a la vuelta del trabajo y antes de recoger a los niños en el conservatorio. Algunas veces veía a sus pájaros menos volanderos pisoteados por las aceras, pero él sabía que casi todos se salvaban más allá de donde alcanzan los ojos. Llevaba haciendo eso desde los veinte años y nadie le había descubierto nunca esa doble vida de hacedor de pájaros en hojas casi siempre manuscritas.

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