El café amargo

De un café malo puede salir una bonita historia de amor. La cafetería a la que ella acudía cada mañana estaba cerrada por vacaciones. Por eso entró en la que estaba justo al lado, magníficamente decorada pero con un servicio pésimo y un café casi vomitivo. Lo dejó a medias y se levantó de la mesa justo en el mismo momento en que se levantaba aquel hombre con el que ahora lleva siete años. También él se había levantado porque no podía tragar aquel café lleno de pequeños grumos extraños. Se tropezaron en la puerta y se besaron sin conocerse de nada. Los dos se confesaron luego que necesitaban olvidar cuanto antes el sabor de aquel café salobre y amargo. La camarera miró cómo se abrazaban y cómo se quitaba de encima a aquel pesado que llevaba semanas pidiéndole que se casara con ella. No volvió nunca más. Tampoco volvió a echar sal en el café de los clientes. A ella la sigue viendo entrar cada día en la cafetería que está justo al lado.

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