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El abrazo

Se quedó encerrado en su abrigo. La cremallera lo aprisionó a la altura del pecho, atrapó sus manos, que se enredaron de tal forma en el forro interior, que quedaron totalmente paralizadas. Estaba solo en mitad del parque, en Londres, en una fría mañana de enero. El juez no sabía qué escribir en su informe cuando estaba redactando el atestado. No había signos de violencia. Parecía como si aquel hombre se hubiera querido morir en su propio abrazo.

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La tirita

La niña le curó la herida con una tirita. Ella había escuchado que estaba mal y le preguntó que dónde le dolía. Él le respondió, por decirle algo, que en el dedo,y ella entonces sacó una tirita amarilla con el dibujo de un miniums y se lo puso justo donde él le había dicho que le estaba doliendo. Ahora se mira el dedo todo el tiempo y se olvida de aquella tristeza imbécil (como casi todas las tristezas) que le había tenido aliquebrado y quejumbroso todo el día.

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Pantallas y fantasmas

Disparaba fotos empeñado en retratar fantasmas. Decía que algunas veces se le aparecían en la pantalla. También aseguraba que los fantasmas eran prácticamente iguales a los humanos cuando salían en la pantalla y que se borraban con la misma facilidad. Era de los que mantenía que la tecnología contribuía a que los humanos se fueran robotizando hasta convertirse en fantasmas. Los propios fantasmas que él decía que retrataba salían siempre haciendo gestos raros o separando los dedos como si estuvieran ganando alguna batalla. Pero eso es algo que solo queda entre las pantallas y esa eternidad que nadie sabe si terminará en alguna parte o en el eco de algunos de esos bigbanes que se van repitiendo en el espacio.