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Los espejos de enero

Nunca había escrito sobre la Navidad. Tenía algún cuento en donde aparecían recuerdos de infancia con ecos de noches de Reyes y hasta una novela en la que desmontaba esa magia que no nos dejaba dormir cuando teníamos ocho o nueve años. Era lo único que nos quitaba el sueño entonces, y sin embargo, desde que alguien nos desveló el supuesto secreto de los Reyes Magos preferimos olvidar antes que afrontar las evidencias. Todavía no sabíamos que esa iba a ser nuestra estrategia de supervivencia para los próximos años. Hasta entonces pensábamos que todos los sueños se cumplían y que no había más que desear algo para que sucediera. Cuando me pidieron que escribiera este cuento no sabía lo que me iba a encontrar al final de cada frase. Uno escribe rebuscando muy adentro y a veces encuentra argumentos sorprendentes donde pensaba que no había nada. También sueñas con palabras los días que escribes. Me encontré con un niño que no podía quedarse dormido, un pequeño insomne con esa impaciencia de los futuros soñadores. Nos miramos y nos reconocimos inmediatamente. Él me preguntó si era feliz y yo no supe qué contestarle. Él sí me dijo que tenía que dormirse cuanto antes para que los Reyes no lo encontraran despierto cuando llegaran. Hablamos un rato muy bajito. Él me pidió que le contara mi vida y yo le mentí y le conté la existencia que querría haber llevado. Él me comentó entonces que quería vivir todo eso que yo le estaba contando. Le acaricié el pelo y le dije que no negociara jamás con sus sueños. Ya estaba dormido y por la mañana, muy temprano, lo volví a ver abriendo los regalos. Jamás he visto a nadie tan feliz. Luego regresé a mi casa y me acosté un rato. También me costó quedarme dormido, pero cuando lo hice soñé con una especie de trastero en el que estaban todos los juguetes que había tenido de niño. Se conservaban tan rutilantes como cuando los había encontrado cada 5 de enero en el salón de mi casa. Al despertar, me acerqué a los zapatos que había dejado en el salón. Cada noche de Reyes sigo colocando los zapatos como cuando era pequeño. Ese día no me hizo falta levantarme de la cama para ver si me habían dejado regalos. Los había recuperado todos mientras dormía. También volví a ver a aquel niño que de repente se había encontrado con casi cincuenta años delante de un espejo. Lo miré fijamente y él me miró con aquellos ojos que siempre estaban pendientes de la aventura y la sonrisa. Me volvió a preguntar si era feliz. Estuve a punto de estirar la mano para acariciarle el pelo nuevamente, pero ya no estaba ni soñando ni escribiendo. Si estiraba la mano sabía que solo iba a encontrar la frialdad de un cristal que quedaría empañado con mi propio reflejo. Preferí mirarlo e imitar cada uno de sus gestos. Me reencontré con unos ojos que había perdido hacía mucho tiempo, quizá desde el día en que alguien en el colegio me contó lo de los Reyes y los padres. Salí a la calle y paseé entre niños que golpeaban balones o pedaleaban estrenando bicicletas. Me pregunté nuevamente si era feliz y recordé al niño del espejo esperando a los Reyes en la cama. Volví a aquel sueño para desandar algunos caminos que quería olvidar para siempre. Luego me metí las manos en los bolsillos y caminé silbando por las calles hasta llegar a mi casa. Cuando entré en el salón cerré los ojos y me imaginé en medio de todos aquellos juguetes que había reencontrado en el sueño. También estaban todos los que se habían marchado para siempre en estos años. No faltaba nadie. Me acerqué tanteando los muebles hasta el ordenador y comencé a escribir este cuento. Aún no he mirado lo que hay detrás de mí. Escribo y sueño. Y soy el mismo niño a pesar de las ausencias y de los golpes que me ha dado la vida. Cada palabra que escribo me va alejando del tedio y de la tristeza. Y reinvento un mundo como inventaba sueños en aquellas madrugadas de enero. No me importa volver a meter a los Reyes Magos en la caja de figuras del Belén si sé que dentro están a salvo. Tampoco me importa apagar el ordenador y darme la vuelta si me dejan regresar en cualquier momento a las palabras. Aquel niño no hacía más que imaginar los argumentos que yo ahora transcribo pacientemente. Por eso me preguntaba si era feliz. Y cuando escribo le podría responder que sí lo soy. Se lo diré cuando vuelva a encontrarlo al otro lado del espejo.

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La pizarra magnética

Iba escribiendo nombres en la pizarra magnética que le habían regalado a su hijo en navidades. Se divertía escribiendo el nombre de aquellos que le habían hecho alguna trastada a lo largo del año y luego no dejaba ni rastro de aquellas letras. No eran muchos, y entre esos nombres hubo alguno del que jamás hubiera esperado una traición. No era rencoroso. En su mente llevaba años haciendo lo que ahora hacía en aquella pizarra en la que su hijo dibujaba dinosaurios que también borraba como si fuera el hacedor de los cataclismos del Terciario. Para él, aquellos que le habían hecho daño también se convertían en dinosaurios perdidos en el tiempo.

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Los largos viajes

A veces la tarde no es más que un aleteo de palomas que giran en el cielo y que parece que no hacen más que trazar círculos eternos que no llevan a ninguna parte. Las tardes de domingo, cuando son liberadas de los palomares de San Juan o San José, solo varían el contorno de sus vuelos si escuchan el tañido de las campanas de Santo Domingo o de la Catedral. Si miras al suelo, ese aleteo también se convierte en una sombra que dibuja una efímera estela entre los adoquines y la acera. Casi siempre vuelan sin más atención que el palomero que las sigue desde su azotea. Tampoco miramos hacia esas gaviotas que sobrevuelan la ciudad justo antes de anochecer, ni las escuchamos cuando sus graznidos lejanos anticipan la lluvia que ya presienten en el horizonte. Estamos rodeados de vidas que no vemos, de pequeños detalles que pasan de largo ante nuestras miradas. El océano, por ejemplo, siempre está ahí, moviéndose en las madrugadas como un animal insomne que no deja de agitar sus aguas.
Pero hay escritores que caminan escuchando más allá de lo que tienen delante, que recrean argumentos que luego confundimos con sueños y que logran rehacer lo que a veces quiebra el tiempo. Uno de esos escritores es el majorero Marcos Hormiga. Marcos es profesor y poeta, habla quedamente, y se va fijando en cada uno de esos gestos que los demás no vemos, en ese pequeño detalle que luego se traslada a sus textos y revive entre argumentos o entre personajes casi carnales. Hay un paso más allá en cada una de sus frases, una especie de puntos suspensivos que no tienen por qué ser escritos: la punta del iceberg de la que hablaba Hemingway, el continente debajo del pequeño trozo de hielo que es a veces una palabra. Marcos Hormiga se presenta estos días con su primera novela, Dentro de la piedra, y con un libro de pequeñas narraciones que uno no puede dejar de releer. Este segundo libro se titula MicroRretratos, y ambos están editados por Mercurio. La novela se mueve entre lo fantástico y lo atávico, y nos invita a un lejano viaje en el que nos podemos confundir con los protagonistas, o aventurarnos con ellos mirando hacia nuestros adentros. Marcos Hormiga es, además, un gran verseador, y eso se nota en su manejo del lenguaje y de los ritmos de la narración. Pero sobre todo es alguien que no pierde detalle de lo que tiene alrededor. Si mirara al cielo en una de estas tardes de domingo sería capaz de ver hasta el color del plumaje de cada una de esas palomas mensajeras que entrenan para luego poder volar lejos de la isla. Ese también es el sino de un escritor: escribir a diario para dejar libros que vuelen lejos, o que marquen el camino de regreso cuando nos extraviemos o perdamos nuestro propio norte en la comedia diaria.