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Se dijo

No hacía falta que nadie firmara papeles con cláusulas extrañas o con letras pequeñas. La confianza se manifestaba siempre en la limpieza de una mirada o en la lealtad de las palabras. En mi pueblo, cuando yo era niño, nunca vi firmar ningún contrato para los acuerdos cotidianos. Se podía estar negociando durante mucho tiempo, pero en cuanto se pronunciaba la expresión Se dijo aquello iba a misa y ya no lo movía ni el sursum corda, y quien incumpliera dolosamente su palabra poco tenía que hacer ya en la comarca. En los pueblos las mentiras tienen las patas aún más cortas, y además quien miente queda señalado incluso después de muerto. Da lo mismo que ostente cargos importantes o que acumule propiedades. Será siempre un pisaverde, un inmoral y un sinvergüenza.
Creo en la verdad y en la honestidad de la gente, y eso que los tiempos se están llenando cada vez más de ególatras mezquinos y envidiosos que en lugar de crear se empeñan en destruir lo que saben que son incapaces de hacer. Pero creo que el mundo camina por la insistencia de los honestos que no se rinden aun a pesar de las andanadas de tanto malvado y de tanto tipejo con sonrisa sardónica. Esos indeseables, que es cierto que a veces nos parecen mayoría, no van a ninguna parte. Es lo que sucede estos días con la campaña electoral. Ya de entrada nos creemos menos de la mitad de lo que nos dicen, así lo prometan en El Hormiguero. Cuando yo cerraba un acuerdo con mi padre me bastaba aquel Se dijo para quedarme tranquilo. Si no se podía, no me prometía nada, o esperaba a ver si era posible cumplir aquello que yo tanto deseaba. Un Se dijo valía más que todas las firmas y todas las compulsas, y lo sabían los dos que cerraban el acuerdo. Ya luego lo refrendaban en las notarías o delante de los abogados, pero el negocio se había concertado previamente con dos palabras, que es como se deben cerrar los acuerdos. O se puede o no se puede, lo que no se debe hacer es prometer para luego justificar los incumplimientos. Muchas mañanas, cuando enciendo el ordenador o la tablet, me piden que descargue aplicaciones y me dicen que lea no sé cuántas cláusulas que no entiendo. Yo no sé ustedes, pero casi siempre digo que las he leído, y además me ratifico cuando la máquina me pregunta que si estoy seguro. Sé que miento porque casi nunca tengo tiempo para estar leyendo ese galimatías informático que no entiendo, pero lo más descorazonador es que ellos saben que tú no lo has leído y que, por tanto, te están engañando pérfidamente. Al cabo de unos días te das cuenta de que con tus fotos o con los textos que publicas en tus redes pueden hacer toda clase de negocios, como negocian casi todos los políticos con nuestros votos secretos. Y uno entonces añora todavía más aquel Se dijo de nuestros abuelos y aquel mundo menos virtual y mucho más cierto.

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Algodones de azúcar

Nunca volví a probar nada igual en mi vida. Iba de la mano de mi padre. Tendría unos cuatro años. Yo había visto aquellas nubes de colores muchas veces. Le pidió al hombre que enredaba el palo entre unas hilachas que si podía coger un poco. Comprobó el sabor y luego lo puso entre mis dedos y me dijo que me lo llevara a la boca. Nunca he vuelto a sentir un placer tan dulce, ni siquiera en el primer beso. Todo aquel azúcar coloreado se deshizo en mi boca de repente. Quería volver atrás para que mi padre comprara una de aquellas nubes gigantes, pero él me prometió que la compraríamos el próximo domingo, cuando pasáramos nuevamente por aquel parque. Después desapareció de mi vida. Y nunca más probé el algodón de azúcar. Hoy tengo cuarenta años y él sesenta y cinco. Ha aparecido por mi trabajo. Lo reconocí según encontré su mirada. Nos abrazamos. Él me pedía perdón y trataba de explicarme las razones de esos años de ausencia. Yo le dije que se callara y le cogí la mano. Fuimos hasta la misma calle en la que probé aquellas hilachas de algodón de azúcar. Ahora los vende un joven rumano. Le pedí que me comprara uno y que se volviera a marchar para siempre.

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La tarea

Todas las mañanas escribía lo que quería hacer a lo largo del día. Luego iba tachando las tareas finalizadas. Nunca conseguía concluir todo lo que apuntaba. Era su manera de saber que siempre quedaba algo pendiente. Ese papel no lo veía nadie. Lo escribía, lo doblaba y lo guardaba en el bolsillo. En el trabajo valoraban mucho su eficiencia y también que terminara todo lo que se le encomendaba; pero en medio de lo que él tenía que hacer siempre apuntaba algún encargo imposible. Podía escribir que crecería ocho centímetros esa mañana, que tenía que recoger una cosecha de zanahorias en su mesa de trabajo o que debía emprender un viaje de ida y vuelta de solo tres horas entre Gran Canaria y Yakarta. También escribía el nombre de algunos amores imposibles o de reencuentros con amigos o familiares ya fallecidos. Desde niño fue siempre un inconformista. En la oficina nadie entendía su cara de insatisfacción diaria. Él se decía que aquella insistencia en imposibles no era más que una estratagema para motivarse, pero había mucho más, sobre todo cuando llegaba a su casa y no encontraba a nadie que le diera un beso de bienvenida o que le devolviera una sonrisa.