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Las esperas

Llegó a la entrada del parque y esperó durante más de dos horas. Quedaba allí con ella todos los viernes desde hacía más de un año Los dos estaban casados. Él aún no sabía que ella había muerto esa mañana. La había atropellado un coche en la esquina de la calle 45 con la Tercera Avenida. En Nueva York no hay esquelas y él no conocía a nadie de su entorno. Si ella hubiera seguido trabajando en el despacho de abogados, por lo menos podría haber llamado y alguien le habría dicho que estaba muerta; pero él sabía que llevaba varias semanas fuera de ese trabajo y que estaba a punto de firmar un contrato con otro bufete situado en la Avenida Madison. Solo tenía su teléfono móvil. Llamó muchas veces durante las siguientes semanas; pero no ha vuelto a saber nada de ella desde aquel viernes en que la estuvo esperando en la entrada de un parque en el que nunca pudieron pasear cogidos de la mano.

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Mal de amores

La mutación de órganos le había sorprendido durmiendo. Se despertó sintiendo la cabeza en su estómago y la espalda en los tobillos. Temía dar órdenes equivocadas a su cuerpo. Veía con los dedos y las manos estaban donde debían estar las orejas. En la residencia lo tienen todo el día atado a la cama. Lo encontró su mujer boca abajo en el suelo de la habitación. Él quería que le mirara a los dedos todo el rato y ella se empeñaba en abrazarle. Él trataba de decirle que donde estaba poniendo las manos estaba su corazón y que le estaba haciendo mucho daño al apretarlo. Pero no habló porque su lengua estaba en el codo derecho y sus labios se habían extraviado en el último beso que le dio a su amante la tarde en que le dijo que lo dejaba para siempre. Él quiso morirse cuando oyó sus palabras, pero se acostó en la cama sin saber que hay cuerpos que somatizan las penas y los desarreglos cuando descansan.

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Los años del Comercial

El joven se sentaba en aquel Café creyendo que la literatura era una especie de aura que uno encuentra en los lugares en los que sabe que estuvieron algunos de los más grandes escritores. El Comercial era una especie de rompeolas que luego distribuía las aguas de la noche por Malasaña, por Barceló o por Chamberí.
El joven también iba mucho al Café Lyon de la callé Alcalá en el que habían parado los del 27, o al Café del Círculo de Bellas Artes, o miraba los gestos de los que se sentaban en la cristalera del Gijón y, sobre todo, el Manuela. Allí leyó sus primeros poemas, aunque el Café que más le gustaba de Madrid era el Barbieri, en Lavapiés, donde Erice rodó El Sur. Pero el Comercial también formaba parte de sus rutas de aprendizaje literario, y en los últimos años, en cada regreso, había una parada obligada para desayunar o dejar pasar la tarde delante de un libro o pergeñando poemas muy distintos a los que escribía cuando era joven y se emborrachaba tratando de ligar extranjeras entre las mesas de mármol.
Allí paró mucho Antonio Machado y luego Cela, y sobre todo pararon los escritores del cincuenta que más admiraba, con Ignacio Aldecoa a la cabeza. Los «aldecolizados», tan olvidados tantas veces, dejaron allí el eco de sus voces más literarias: Medardo Fraile, Jesús Fernández Santos, Torrente Ballester, Carmen Martín Gaite o García Hortelano. También Umbral tuvo allí su mesa de trabajo. Entonces el joven buscaba a los prosistas en un Madrid en el que todos seguían un rastro de poetas. Ahora acaba de leer que también cierra el Comercial. Y cuando regresa, en el Ruiz ponen música electrónica y el Manuela no es más que un gran salón de juegos con jóvenes que tiran dados en las mismas mesas en las que el joven paró con Chicho Sánchez Ferlosio, con Moncho Alpuente, con Carlos Gurméndez o con Pepe Hortas, y en donde vio cómo Moustaki cogió una guitarra y cantó Le meteque delante de aquellos espejos en los que se confundían todas las caras entre el humo y el alcohol de noches interminables y bohemias.
Con el cierre del Comercial se clausuran muchas de nuestras vivencias. Nos sentimos más viejos y no somos capaces de imaginar qué será de la Glorieta de Bilbao cuando bajemos Luchana o Fuencarral y ya no encontremos aquella especie de trasatlántico de luces en medio de las noches de invierno. Dentro pedías vino y ya te creías Aldecoa, o hablabas con las sombras que supongo que ahora habitarán cualquiera de esas franquicias que van matando todos nuestros escenarios literarios.