Noel Olivares

Olivares puede ser Noel o Pepe, o simplemente puedes confundirlo con una frase que camina por las calles de Las Palmas de Gran Canaria. Lleva muchos años escribiéndose, tanto esa frase como el personaje que se asoma desde esas palabras. Si lo buscas en librerías o bibliotecas tendrás que preguntar por Noel Olivares; pero seguro que te lo habrás tropezado mil veces por las calles que frecuentas a diario. Yo a veces lo veo y no me acerco. Lo observo desde lejos. Va casi siempre con la mirada perdida, un hombre alto y flaco de sesenta años que aparenta muchos menos y que parece que está todo el rato asomándose a un espejo imaginario. Cualquier mirada la convierte en un reflejo de su propia alma, cualquier objeto, y también esas sombras que los demás no vemos cuando caminamos presurosos por las aceras.
Cuando me paro a hablar con él me siento como si estuviera deteniendo a alguien en su proceso creativo. Tengo la sensación de que Pepe (los amigos le llamamos Pepe) me saluda entre dos frases o que acaba de poner un punto y aparte en su nuevo pensamiento. Siempre me recomienda libros que me cuesta una barbaridad encontrar en los rastreos de Internet o en las librerías de viejo. Nunca decepciona con esas recomendaciones y me ha descubierto a muchos de esos escritores que, como Cansinos Assens, han vivido el divino fracaso de la escritura sabiendo que el tiempo no es más que una conjetura de sueños. Ahora Noel Olivares (que sigue siendo Pepe) presenta su último libro. Se titula Historias monumentales, y como no podía ser menos son relatos breves que nunca pasan de las dos hojas. En cada uno de ellos subyace la ironía, la elipsis, la sorpresa final y, sobre todo, se asoma ese poeta, porque Olivares es un poeta, o más que poeta es un verso suelto en medio de lo prosaico y de esa vida diaria que se nota enseguida que él no entiende aunque no nos diga nunca nada. Como dijo Emilio González Déniz en la presentación del libro, las historias mínimas, el microrelato, o lo que Dolores Campos-Herrero llamaba Breverías, han existido siempre, y desde luego mucho antes de que Monterroso nos presentara un dinosaurio dormido en el tiempo. En esas distancia cortas, Noel Olivares se mueve mejor que cuando lo ves extraviado alguna vez por las calles de Gran Canaria. No mira al vacío cuando levanta la mirada a las nubes que pasan. Lo único que hace todo el tiempo es buscar argumentos que alguna vez enseña en sus libros para que los demás podamos sentir ese inmenso goce que es sentirte palabra mientras lees. Él se siente renglón, o adjetivo, o metáfora cuando camina desgarbado por la calle. Siempre sonríe cuando habla; pero su sonrisa parece que viene de otro tiempo, lo mismo que sus palabras, que terminan siendo una especie de ecos necesarios en medio de tantas frases hueras y de tantos silencios extraños.

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