La rapada

Mi padre no sabía peinarme y mi madre había muerto cuando yo tenía dos años. Siempre se reían de mi pelo cuando llegaba al colegio. Él se empeñaba en hacerme un moño o unas trenzas y solo enredaba mi cabello como una madeja interminable. Toda mi infancia estuvo marcada por el pelo y por la tristeza de mi padre. Murió hace cinco meses. Yo ya he cumplido treinta años. El día de su entierro me fui a una peluquería y pedí que me raparan. Nadie entendió lo que hice con mi pelo; pero mi padre sí lo hubiera entendido, y seguro que, si le hubieran dejado, me habría rapado de niña para no sentirse tan solo y tan desorientado cuando tenía que peinarme cada mañana antes de ir al colegio.

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