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El polo de hielo

La noticia se publicó en la prensa local hace unos años. Su novio le había rociado con gasolina y luego le había prendido fuego en medio de un descampado. Cuando llegó al hospital todavía estaba consciente y los médicos le explicaron que los daños eran irreversibles y que solo le quedaban unas dos horas de vida. Le dijeron que pidiera lo que quisiera, y ella pidió un polo de hielo. Sólo tenía dieciocho años. Era casi una niña.

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El señor de los árboles

Uno nunca sabe cuál es su misión en la vida. A lo mejor solo llegamos aquí para cuidar un perro o regar unos geranios, o para educar a un niño con los valores que puedan cambiar el mundo dentro de unos años. Nos planteamos sueños casi irrealizables, cumplimos horarios, aprobamos exámenes y pagamos impuestos. En los obituarios se recogen los logros profesionales y académicos, pero casi nadie habla de lo que parece que no tiene importancia, de esos gestos cotidianos que a veces son los que dan más sentido a nuestra existencia. Hace unos días leí en los periódicos que había fallecido un señor llamado Juan Jiménez Martín. Hablaban de él como gran profesor y como hombre destacado dentro de la historia del atletismo en Gran Canaria. Estaba su foto. Fue entonces cuando lo reconocí. Ese señor era el que yo llevaba viendo desde hacía muchos años cómo regaba y cuidaba los árboles de la calle Perdomo. También coincidíamos algunas veces comprando comida en un establecimiento cercano a su casa. Su casa está en esa misma calle, la reconocerán porque su balcón parece una especie de selva tropical en medio del cemento y el asfalto.
Los árboles de la calle Perdomo, en el tramo que discurre entre Triana y Viera y Clavijo, no son unos árboles cualquiera. Gracias a los cuidados de Juan Jiménez son posiblemente de los más grandes, frondosos y llamativos de Las Palmas de Gran Canaria. Esos árboles ya están echando de menos a quien les ayudó a crecer tan alto. Ahora los riegan los empleados del ayuntamiento, pero todos sabemos que en la vida, sobre todo en los primeros años, uno crece o se desarrolla con más fuerza y confianza si encuentra a su lado una mano amiga que ayude sin pedir nada a cambio. Juan Jiménez era feliz contemplando la belleza de esos árboles que estos días dejan caer más hojas de la cuenta. Todos creen que esas hojas caídas tienen que ver con los ciclos de la naturaleza; pero cada una de ellas es una especie de lágrima que esos enormes árboles dejan caer al suelo desde el que tantas veces les regaba aquel señor con gafas que miraba más hacia sus copas y hacia sus ramas que hacia la gente. Ya sé que no es noticia que un señor cuide de unos árboles, pero esa calle no sería la que ahora es si cada noche, cuando ya casi no paseaba nadie, no hubiera bajado aquel señor con un balde lleno de agua. Nunca me paré a hablar con él. Temía interrumpirle en su conversación silenciosa con algunos de esos árboles que ahora conservan el tacto de sus manos o la admiración de su mirada cuando veía que rebrotaba una rama que parecía muerta para siempre. Juan Jiménez Martín rebrota ahora en cada una de las ramas de esos árboles de la calle Perdomo. No pasen nunca más de largo junto a ellos. Acuérdense siempre de que hubo alguien empeñado en embellecer el recorrido de cada uno de nuestros pasos.

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La muñeca

Aquella mujer se despertó sobresaltada. No se atrevía a abrir los ojos. Escuchaba el llanto de la muñeca que tuvo de niña. Había cumplido cincuenta años y estaba en un hotel de paso. La muñeca debía tener su misma edad. Cuando abrió los ojos la vio sentada en el pequeño sillón en el que había dejado su ropa doblada la noche anterior. Había envejecido como ella, pero lloraba como mismo lo hacía de niña cuando le quitaban la chupa. Ella se levantó y le puso la chupa. Y luego la acunó como cuando la acunaba con cinco o seis años. Nunca volvieron a saber nada de ella. Unos decían que la habían visto rondar los acantilados de la costa y otros creyeron reconocerla en el aeropuerto. La historia de la muñeca no le importaba a nadie.