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Las otras estaciones

Van llegando de todas las ciudades. Se avisan en las madrugadas frías, en los comedores sociales o en los bancos de las plazas. Hubo un día en que ellos también aguardaron trenes que jamás llegaron, o que si llegaron siempre siguieron de largo, como en esta estación a la que arriban todos sin pronunciar sus nombres y sin más equipaje que su propia mirada. Se recuestan en los bancos apolillados o miran hacia los cristales rotos de las taquillas. Esta estación lejana no recibe trenes ni viajeros hace más de diez años. Está en mitad de la nada, como todos ellos, como todos esos trenes que quedan varados en las vías muertas que no llevan a ninguna parte.

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Adela

Estaba siempre pendiente del cielo y de los partes meteorológicos. Tenía dos gatos y muchos sueños. Le bastaba con cerrar los ojos para ser otra, la que nunca fue, la que no tuvo oportunidad de amar como hubiera querido, ni de viajar tan lejos como había deseado. Cuidó a sus padres hasta que los dos murieron y se quedó habitando el pequeño piso en un barrio en el que, de repente, había dejado de conocer a casi todos los que transitaban por la calle. Se llamaba Adela y tenía sesenta y cinco años. Su sueño más recurrente era que se casaba, y luego imaginaba el griterío de unos hijos corriendo por todas partes. Las mañanas de Reyes se quedaba más tiempo en la cama imaginando que el salón estaba lleno de regalos. Luego se levantaba con los ojos cerrados y trataba de mantener vivo ese deseo hasta primera hora de la tarde. Entonces se acercaba a sus gatos y los acariciaba en silencio mirando hacia una tele apagada.
Se había acostumbrado a estar sola y a rebuscar entre sus propias sombras. Temía a la enfermedad. Cada vez estaba sufriendo más achaques y, cuando tenía fiebre, no contaba con nadie que se acercara a la farmacia o que le cogiera la mano para no sentir miedo en las madrugadas. Le preocupaba el futuro de sus gatos. Si a ella le sucediera algo se quedarían solos en el mundo. Había leído hacía unos días la noticia de unos ancianos que habían muerto en la mima ciudad que ella habitaba. Los encontraron desasistidos y moribundos entre unas calles transitadas por miles de personas. Nadie se acordaba tampoco de ellos. Adela puso el teléfono cuando su padre enfermó la primera vez. Le tranquilizaba saber que podía marcar unos números y contar con una ambulancia o con un médico que le dijera lo que tenía que hacer cuando no encontraba a nadie que la ayudara. No tenía amigas. Siempre fue una niña solitaria. Y luego trabajó toda su vida limpiando oficinas y casas sin hablar con nadie. También cuando limpiaba cerraba los ojos e imaginaba siempre que estaba en otra parte. Y si no había nadie, le gustaba entonar las canciones lentas que escuchaba en los bailes. Estaba pendiente a todas horas del parte meteorológico porque si llovía suspendían las verbenas al aire libre a las que ella asistía hasta que salía la última guagua del pueblo o del barrio en el que bailaba. Llevaba años asistiendo a todas esas fiestas. Siempre sola, siempre en guagua. Se ponía guapa delante del espejo y aún soñaba con encontrar a ese amor que justificara su existencia y la besara antes de acostarse. En esas verbenas bailaba abrazada fuertemente a su bolso y con los ojos cerrados. Giraba y giraba improvisando romances y quimeras. Alguna vez la molestaban los más gamberros, pero ella hacía oídos sordos a todos los comentarios. Le gustaban especialmente los boleros y los tangos.

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El nombre de los ausentes

Cada mañana escribía el nombre de alguno de sus muertos más queridos en un pequeño papel que luego guardaba en el bolsillo. Lo llevaba a todas partes y de vez en cuando recordaba la cara y los gestos del ausente. Al llegar la noche quemaba el papel y lo volvía a convertir en cenizas.