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El taxista

Siempre estaba en la parada del bingo. Conocía a cada uno de los clientes y sabía de antemano cuál había sido su suerte antes de que se subieran al taxi. Elegía la música según sus estados de ánimo y alguna vez ni siquiera se atrevió a cobrarles la carrera. Él prefería no cambiar de parada. De alguna manera les ayudaba a olvidar sus fracasos. Casi todos decían que no regresarían nunca más, pero al día siguiente estaban buscando su taxi en la parada con la misma mirada perdida y con los mismos deseos de que se acabara el mundo antes de llegar a sus casas. Conducía y les iba haciendo preguntas para que no recordaran todo el dinero que habían perdido. Incluso cuando ganaban y se mostraban contentos y generosos con la propina, él ya sabía que solo estaban anticipando la derrota del día siguiente.

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Las vigilancias

Se marchaba cuando se sentía vigilado. Ninguno de nosotros era capaz de convencerle para que dejara de lado aquellas paranoias. Primero retiraba los espejos y luego cubría con telas oscuras todas las ventanas. Finalmente, cuando ya decía que no tenía dónde esconderse, malvendía los pisos o dejaba las casas alquiladas perdiendo las fianzas. Siempre repetía que a partir de los tres años todas las casas comenzaban a vigilarle. Yo ayer noté como si alguien me estuviera mirando desde el cuarto de baño. Hoy tengo miedo a regresar a mi casa. Me ha costado mucho dinero y no tendría adónde ir si tuviera que mudarme. La compré hace tres años.

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La barandilla

Cada vez que se desorientaba se apoyaba rápido en alguna barandilla y no se movía hasta que volvía a recordar su nombre. Parecía un náufrago agarrado al último madero del océano. Miraba a todas partes y no conocía a nadie. Los empleados de la residencia se acercaban y le ayudaban a caminar hasta su cama. Él se dejaba llevar sin saber hacia dónde lo estaban conduciendo. La cama también seguía siendo parte del naufragio. Cerraba los ojos y soñaba que se hundía definitivamente en el agua.