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A corazón abierto

No tengo miedo. Nadie sueña con llegar solo a una operación a corazón abierto. No voy a negar que me gustaría tener ahora mismo una mano cercana o una mirada cómplice que compartiera mi desvelo. El azar me trajo al otro lado del planeta pasados los cincuenta años. He amado mucho. Soy un hombre afortunado aunque ahora esté solo en esta habitación de hospital la noche antes de operarme. Tampoco vendrá a verme nadie si salgo vivo del quirófano. Ya los médicos me han dicho que las posibilidades de sobrevivir no son muchas. Me tomaré la pastilla que me han ofrecido para relajarme y para poder dormir unas horas; pero antes quiero pensar en cada una de las mujeres que he amado en todos estos años. Por eso no tengo miedo. También sé que jamás me iré solo si me marcho. He vivido momentos inolvidables y me he sentido el ser más afortunado del mundo en medio de otros brazos. Uno siempre se siente acompañado por todas las miradas que le amaron.

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La lechuza

Había soñado con ella justo la noche anterior. Ahora le acababa de pedir amistad en Facebook. Habían sido amantes hacía unos años. Lo dejaron cuando ella se fue a dar clases a una universidad del extranjero. No había sabido nada de su vida en los últimos diez años. La noche anterior él había soñado que ella tenía mirada de lechuza. Hoy se encontró a esa misma lechuza que le había mirado en sueños. Era su foto de perfil en Facebook. No la aceptó. Ella creerá que la ha olvidado o que no quiere tener problemas con su nueva pareja. Nunca le contó que siempre ha sentido pavor cuando le mira fijamente una lechuza. No entiende por qué ella, que tenía los ojos más hermosos que jamás le han mirado, no se presenta tal como es en la pantalla. Ahora le tiene miedo, después de haberla querido tanto.

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El reencuentro

Se la encontró en la playa. Había sido su novia. No tenía nada que ver con aquella señora. Él tampoco se parecía al joven enamorado que la besó por vez primera en la última fila de un cine de barrio. Los dos trataban de evitar sus respectivos cuerpos cuando se miraban. Habían soñado ese momento durante muchos años, pero ninguno había imaginado que se iban a reencontrar casi desnudos en la orilla de la playa. Un niño pequeño no dejaba de llamarla abuela desde el agua mientras ellos buscaban la manera de seguir cada uno por su lado.