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Boliches

A veces solo basta con escribir un deseo para que se termine cumpliendo. Incluso da lo mismo que nunca llegues a ver lo que has escrito en un renglón. Amas mientras trazas la palabra amor, sufres si escribes angustia y te ríes de ti mismo cuando logras que el humor se aposente entre los sustantivos y los verbos para espantar tristezas. También eres cada personaje que te va contando su vida en un libro y puedes llegar a sentirte el verso que estás leyendo. Gil de Biedma recuerdo que decía que no quería ser poeta sino poema. Otras veces el azar de las palabras enreda de tal manera que te llegas a ver habitando tus propios argumentos mucho tiempo después de haberlos escritos. Por eso hay que tener mucho cuidado con lo que se escribe, y por supuesto también con todo lo que se sueña.
Hace unos años escribí un texto sobre los boliches de mi infancia. Decía que recordaba nítidamente el sonido de aquel choque certero en el que el cristal jamás se quebraba, y que mantenía a salvo en mi memoria los colores que reconocíamos tras esos vidrios ajados por tantos ajetreos y tantos juegos. No sabía qué había sido de ellos. Cuando ganaba los llevaba en los bolsillos como el más preciado trofeo de guerra de la infancia. Y los días en que la suerte o la pericia no estaba de mi parte llegaba a casa aliquebrado y cabizbajo como llegan siempre los derrotados a todos los puertos y a todos los lugares de paso. Había un amigo que ganaba siempre. Su puntería era casi infalible y te levantaba un boliche de colorines sin que tú casi te dieras cuenta de dónde estaba el gua en el que se concretaban todos nuestros deseos. Ese amigo era alguien inseparable en mi infancia guíense. Murió hace unos años y lo recuerdo cada dos por tres entre anécdotas y ecos de palabras que vencieron al tiempo. Con esas pérdidas cercanas aprendes más filosofía que con todo el estoicismo de Séneca o de Marco Aurelio. Ese amigo coleccionaba muchas cosas y escribía maravillosamente. Hace unos días, en la presentación de mi último libro, se acercó su madre para que le dedicara un ejemplar. Traía una bolsa atada con un lazo. Muchos le decían que no se le ocurriera darme ese regalo en un acto como ese; pero ella nos había visto jugar muchas veces a mí y a su hijo. Sabía que ese regalo me iba a alegrar más que cualquier reencuentro o que cualquier crítica elogiosa. Me dijo bajito que allí estaban muchos de los boliches que había ganado su hijo durante años. Seguí firmando libros, pero solo pensaba en llegar a casa para abrir esa bolsa. Me encontré mi infancia brillando en el cristal ajado de aquellas esferas de colores luminosas. Reconocí algunos de los que pasaron por mis manos. Se cumplió un sueño que yo había escrito como quien lanza una botella al océano de la esperanza. Por eso seguiré escribiendo mientras pueda, porque no hay palabra que no anticipe un milagro.

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El escribiente

Ya estaba escrito. Cuando veía aparecer el texto junto a su foto en cualquiera de las redes sociales se quedaba un poco más tranquilo. Nunca recordaba haber trazado esas palabras, pero las suscribía casi siempre cuando se las encontraba. Si no le gustaban podía borrarlas sobre la marcha. El que escribía por él nunca le pedía nada a cambio.

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Gaviotas

Hacía años que dormía sola. Si hubiera dormido con alguien habría sabido que cada noche, justo al cerrar los ojos, volvía a ser gaviota. En las diez primeras respiraciones se percibía el mismo sonido que ella escuchaba cada tarde cuando atardecía y veía volar a las gaviotas hacia los acantilados de la costa. Cuando una mujer duerme vuela lejos durante unas cuantas horas. También las gaviotas sueñan que son humanas cuando cierran los ojos cada noche.