El juez

Nadie me reconocía. La chica que me sirve el café cada mañana me preguntó que cómo lo quería. Llevaba más de dos años poniéndome la taza en la mesa sin que yo tuviera que decir nada. Luego salí y me encontré con un compañero de la Universidad. Es verdad que habíamos cambiado, pero nos veíamos varias veces al año y nos reconocíamos sin problema. Siguió de largo cuando pronuncié su nombre dibujando una sonrisa de oreja a oreja. Cuando llegué a mi trabajo me preguntaron qué quería. No dejaron que me acercara a mi despacho y me tuve que ir a la calle sin poder explicar nada. Era juez. Ahora estoy sentado en el banco de un parque. Sé que me fugué del colegio, que tengo doce años y que llueve. No le he contado a nadie lo que me ha pasado. El director llamó a mis padres para informarles de la fuga y ahora estoy penado en mi habitación sin poder salir a la calle. Recuerdo que amaba a una mujer rubia con ojos verdes. Estoy deseando que pasen los años para volver a verla. Mi padre me ha preguntado qué quiero ser de mayor. Le he respondido que quiero ser juez y que nunca más me fugaré de clase.

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