El aplaudidor

Siempre le había pasado lo mismo. En los conciertos de la Grada Curva era el único que aplaudía a destiempo cuando los cantantes pedían que les acompañaran dando palmas. Se concentraba y se unía al ritmo que marcaban los otros miles de aplaudidores, pero a los cinco o seis golpes de manos ya se quedaba solo resonando en medio del tumulto y llamando la atención de todo el mundo. Una de las novias lo dejó allí mismo cuando aplaudía en un concierto de Joaquín Sabina. Realmente estaba buscando la manera de dejarlo desde hacía semanas, pero aprovechó aquel ridículo espantoso para escaparse en medio de la gente.
Su vida no ha sido más que un remedo de aquellos aplausos. Por más que lo intentó no logró acoplarse en ninguna parte, ni sentirse cómodo en un trabajo, en una ciudad o con alguna de las mujeres que amó en vano todos estos años. Muchas mañanas se levanta aplaudiéndose a sí mismo para darse ánimos. Lo hace solo, en medio del patio, cuando el resto de los internos aún están acostados.

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