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Teléfonos

Millones de teléfonos están sonando ahora mismo en todas partes. Tú también esperas escuchar su voz al otro lado. Marcas los dígitos lentamente en el teclado y aguardas. Noche tras noche. Nunca te cansas de intentarlo. Tan solo esperas a que alguien te confirme que ese ya no es su número. Mientras tanto seguirás intentando darle las buenas noches. La última vez que hablaste con ella fue unas horas antes de que la encontraran muerta. En ese mismo número. Y con el mismo eco sonando al otro lado.

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Mariposas imposibles

21-09-2014-234120 (1).jpgNo todos los novelistas tienen que leer o escribir poesía, pero a los que leen o escriben poesía se les reconoce incluso en los textos más prosaicos. Una coma detiene el tiempo entre dos palabras, pero nunca puede detener la mirada del lector que tiene que seguir adelante como si nada pasara, escuchando esa gran sinfonía que es la novela sin darse cuenta nunca de los símbolos que la representan en el pentagrama de las páginas. Ese ritmo y esa música necesaria que suena de fondo es lo que aporta la poesía, y lo que hace que volvamos a ella siempre que podamos. Emilio González Déniz fue poeta antes que contador de historias y seguirá siendo poeta en todas sus novelas. Pero ahora también nos entrega la canela fina de su obra, el verso desnudo, sin el apoyo de los párrafos y de los personajes, que se muestra en los poemas. Mariposas imposibles es un corolario y al mismo tiempo es otra salida de meta para seguir escribiendo. En su primera parte repasa nombres de mujeres que metafóricamente también forman parte de nuestros propios sueños, y en la segunda parte del libro nos va dando todas las pistas que nos quedaban para entenderle como excelente contador de historias. Y mientras uno va leyendo también tiene la suerte de seguir las sombras de las palabras a través de las creaciones de Fernando �?lamo, otro grande que ha logrado que la poesía también esté emboscada detrás de cada uno de sus trazos. El libro de Emilio está inspirado en el cuadro de Antonio Padrón “La niña de las mariposas”. Les invito a que lean el primero de los poemas. Ya luego verán ustedes si necesitan levantarse del asiento y acudir a una librería a buscar todo lo que viene. Lo edita Gas Editions. No dejen de seguir la senda de estos versos:
Mariposas
Mariposa es mujer que quiere ser otra:
ella misma.
Dos mujeres,
una sola, con las manos abiertas,
buscándose en las mariposas,
falenas de imposibles,
mariposas de la pasión no correspondida,
reflejos de mujer que huye de la realidad.
Todas las mariposas buscan imposibles.

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Eucaliptos

Hay mañanas en las que los eucaliptos de la calle Juan de Quesada huelen como si cada hoja llevara la esencia balsámica del tiempo. Los árboles no huelen todos los días de la misma manera. Hace años, los viejos sabían por qué olían de una manera diferente cada mañana. No eran botánicos, pero conocían la influencia de la luna, los tiempos de la fotosíntesis, la frecuencia de las aves de paso o el devenir de cada una de las estaciones. Yo paso ahora junto a ellos y solo sé que hay días en que su olor a menta logra refrenar cada uno de mis pasos.
También me sucede lo mismo con las higueras. No concebiría el final del verano sin ese olor penetrante de las higueras cuando atardece. No conozco los tiempos ni los ciclos de los árboles que me rodean. Sin embargo, mientras huelo los eucaliptos de Juan de Quesada se encienden de repente las luces de un coche aparcado en la calle. No hay nadie dentro, pero uno intuye que alguien ha activado un mando a distancia. Unos segundos después abren una puerta justo enfrente del coche y sale un padre con dos niños que van camino del colegio. No sé si tuvieron tiempo de oler los eucaliptos. No se detuvieron. Resulta paradójico que entienda por qué se abren las puertas de un coche a distancia y que no sepa por qué huelen más intensamente los eucaliptos algunas mañanas. Nos alejamos de la naturaleza creyendo que la tecnología suplirá todas nuestras lagunas atávicas. Los satélites anticipan las lluvias, pero nunca aciertan con tanta precisión como los viejos con las cabañuelas de la luna y con sus años de observación diaria. Todo es mucho más sencillo de lo que parece, y a veces no hacemos más que enredarnos en batallas que no conducen a ninguna parte.
Hace unos días también repasaba en una hemeroteca noticias de hace unos años. Casi todas están olvidadas. A los ególatras y a todos esos que se creen que pasarán a la historia les invitaría a que visitaran de vez en cuando una hemeroteca. Nos perdemos en lo inmediato y no somos capaces de comprender que casi todo se repite cíclicamente. Sucede como con esa coloración de las hojas que van dibujando las estaciones mucho antes de que las marquen los almanaques. En medio de las revolturas, siempre hay que esperar a que todo se calme para buscar las salidas que ya estuvieron buscando otros mucho antes. Conviene que nos paremos a respirar de vez en cuando el aire balsámico de los eucaliptos o el salitre de las playas que también llevan miles de años dibujando los contornos de todos nuestros mapas. Vivimos días sin memoria y sin asideros que nos permitan dar menos palos de ciego en nuestro andar diario. Se desprecia al viejo, se aparta al sabio y se encumbra al modelo engominado o al patán más ruidoso y más gregario. Todo cambia, pero no dejemos que la sabiduría se acabe extraviando en el fondo de las pantallas.