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Pesadumbre en Bridgetown

Coleccion_La_Palma-libros-poeta-Rafael_Arraiz_Lucca_EDIIMA20140917_0204_14.jpgDe los versos quedan los rescoldos que siempre nos acompañan cuando el fuego ya no es más que una llamarada del recuerdo. Pero hay poemas que nunca llegaremos a conocer o que serán escritos cuando ya no estén nuestros ojos tanteando un poco más allá de las palabras. Hasta hace unos días no había leído nada de Rafael Arráiz Lucca. Gracias a Ediciones La Palma y a Nicolás Melini cayó en mis manos el libro Pesadumbre en Bridgetown (Seguido de Plexo Solar).
Rafael Arráiz es venezolano y escribe versos que van quedando en ese eco necesario cuando arrecia el temporal o cuando nos olvidamos de que esto no es más que un juego que deberíamos escribir como si la eternidad se avistara al final de cada punto y aparte. Los poemas que acaba de editar La Palma fueron publicados en 1992 y en 2002. Más de veinte años desde Bridgetown y más de diez desde Plexo Solar son un tiempo suficiente para saber que los poemas han pasado esa criba de los días y de las noches que terminan colocando todas las cosas en su sitio. Busquen este libro y contribuyan a que se siga consolidando ese milagro que solo se entiende a partir de una cierta justicia poética.
El autor nos recuerda que se ha librado de los rostros de sus fantasmas más temidos pronunciando sus nombres. También nos avisa de que va a la esencia y de que solo se asoma al abismo insondable de su propia sombra: “Mis versos son ahora/ cortos/ y tienen el mismo rigor mortis/ que los telegramas”. Arráiz te va cercando de metáforas hasta que ya no sabes si habitas dentro o fuera de sus poemas. Te enreda en su madeja sin estridencias y sin ditirambos. Te va ganando sutilmente, palabra a palabra, y de vez en cuando hace que levantes la vista del libro, pero solo para alongarte hacia tus propios adentros o para recordarte la condición temporal que tienen todas nuestras ambiciones y cada uno de nuestros movimientos. También para que no olvides “que el tiempo pasa como el badajo de una campana:/ de un lado a otro anunciando su estancia efímera”. Cuando terminas esta aproximación a la obra de Arráiz Lucca solo esperas que a partir de ahora se sigan reeditando sus libros para poder estar cada vez más tiempo cerca de sus versos.
Cada poema suyo es un horizonte que no deja nunca de expandirse más allá de la memoria. También es una declaración de intenciones que firmaríamos si nos pusieran un papel delante: “Obedeceré los dictados del viento/ y celebraré con los pájaros la bendición de la lluvia”. Supongo que los libros llegan cuando tienen que llegar y no cuando se escriben o cuando se publican. César Vallejo jugaba con dios tirando un dado viejo: Arráiz Lucca juega con ese mismo dado, pero lo lanza hacia su propio plexo solar sabiendo que cada vez que traza un verso se está jugando la vida que le queda.
Pesadilla en Bridgetown
(Seguido de Plexo Solar)
Rafael Arráiz Lucca
Ediciones La Palma 2014

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El otro

Hace unos días estuve en Agaete y saludé a un amigo que no veía hacía más de veinte años. Estaba calvo, un poco más grueso y con las marcas de la edad reflejadas en su cara. Con el paso del tiempo, uno tiene que ir quitando capas a los amigos del pasado antes de saludarlos. He metido la pata muchas veces, y hasta que no descubro su rostro de antaño prefiero mantenerme a una cierta distancia. Le dije su nombre y él me contestó que a quien nombraba era a su hermano. Le pregunté por ese hermano y dibujó una especie de cuchilla a la altura de las piernas. Entonces, temiendo en todo momento su respuesta, le pregunté si se las habían cortado. “Se las amputaron -me contestó- a la altura de los muslos, por el jodido azúcar”. Recordé a mi amigo jugando al fútbol en cualquiera de aquellos partidos que improvisábamos en Guayedra. Ahora lo imaginaba sin piernas y en silla de ruedas. Su hermano no se inmutaba e iba cogiendo algunos de los manises que colocaba El Perola en la barra mientras hablábamos y nos tomábamos unos botellines de cerveza. Así me tuvo casi veinte minutos. Se mostraba circunspecto e insistía en que no pasaba nada con la confusión y en que lo normal era que los hermanos se terminaran pareciendo. Cuando yo ya había visionado a mi antiguo amigo en su nuevo estado, su hermano se dirigió a mí con el nombrete culeto que solo conocen los más cercanos y me dijo que era quien yo había reconocido a las primeras de cambio. Se reía a carcajadas por lo bien que le había salido la broma; pero yo no me atreví a decirle que ya no era él y que, aunque lo fuera, su calvicie, su barriga prominente y hasta la forma de pronunciar aquel nombrete no tenían nada que ver con aquel otro compinche del pasado. Le reí la gracia y compartimos otro botellín mirando a la plaza en la que habíamos paseado con nuestras primeras novias. Lo veía incluso más distante y desconocido que al supuesto hermano y solo quería marcharme cuanto antes de aquel bar de la plaza que salía cada semana en el programa Tenderete. Recordé cuando le gasté una broma parecida a un compañero periodista diciéndole que yo no era yo sino mi hermano gemelo. Al principio dudó; pero luego empezó a buscar toda clase de diferencias en mi rostro, en mi manera de caminar y hasta en mi forma de ser. Acabó convencido de que yo era más bajo y más serio que mi supuesto gemelo y que, además, mi cara era muy distinta a la misma cara que le estaba mirando. Me costó convencerle de que era una broma, y yo creo que hasta hoy, cada vez que me mira, sigue viendo al hermano gemelo que nunca tuve. Yo fui otro para él, como fue otro aquel amigo que quería seguir pareciéndose al que yo conocí muchos años atrás. Nunca somos los que fuimos, ni siquiera cuando nos miramos en los espejos como si jamás nos hubiéramos movido del mismo sitio. Siempre será otro el que se quede donde nosotros solo estamos de paso.

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El extraviado

Siempre llegó tarde a todas partes. Lo fueron dejando las mujeres que le amaron, fue perdiendo trabajos y le cortaron muchas veces la luz y el agua por retrasarse en los pagos. Daba lo mismo que adelantara el reloj o que se concentrara por ser puntual desde primera hora de la mañana. Hay personas que nacen sin ser capaces de seguir el ritmo de su tiempo. Se extravían, se retrasan y finalmente también desaparecen para siempre. Él decía que no se llegaba nunca a ninguna parte y sonreía cuando nos escuchaba blasfemar por sus tardanzas. Lo dejé en algún lugar del pasado que ya ni siquiera recuerdo.