Amores y divergencias

Nunca coincidieron. Cuando él estaba solo ella andaba lejos o seguía casada, y cuando era ella la que hubiera podido amarle era él quien se acababa de enamorar de otra o quien tenía que partir de repente. Toda la vida se estuvieron esperando mutuamente sin que el destino les dejara reencontrarse. Se habían jurado amor eterno cuando se enamoraron a los diecisiete años, pero no contaron con esos avatares de la suerte que muchas veces nos llevan o nos traen mucho más allá de donde nosotros queremos.
Esa corriente que nos lleva hace que al paso de los años nos olvidemos de los primeros amores y de las primeras promesas. Los dos se casaron y se divorciaron; pero en ciudades distantes y sin saber nada el uno del otro durante mucho tiempo. Es cierto que él pintaba sus cuadros soñando siempre con que ella los viera, y que ella escribía sus poemas teniendo presente en todo momento a ese lector que fue quien primero conoció sus versos. Pero ni ella vio sus cuadros, ni él leyó nunca sus poemas. Fueron otros los que admiraron su talento y los que creyeron que los versos eran para ellos.
También eran otras las que aparecían en sus cuadros y se sentían casi como unas diosas cuando veían la belleza que él había sabido encontrar en una mirada o en un escorzo. Nunca supieron que detrás de todos los ojos estaba la mirada de aquella primera novia con la que se paseaba por la zona más apartada de la costa. Y que cada movimiento no era más que el aleteo del recuerdo que seguía teniendo de ella.
Nunca le contaron nada a sus otras parejas. No lo hubieran entendido. Les amaban; pero jamás hubo amor como aquel que no consiguió partir de ese puerto siempre lejano que es la adolescencia. Ella logró que uno de sus hijos se llamará como él, y él logró que su hija pequeña se llamara también como ella. Nunca hablaron de tener hijos, pero de haberlos tenido habrían elegido los mismos nombres. Con los primeros amores no se habla casi nunca de descendencia y tampoco hay amante primerizo que no se sienta eterno. Después pasa la vida como pasó por ellos, y llegan los trabajos, los compromisos, las renuncias y los cumpleaños cada vez con más velas y con menos fuerzas. Los dos tararean siempre el mismo bolero cuando están contentos. Él a veces prefiere ir silbando la melodía por donde pasa. No se cansa nunca de escucharla porque en cada acorde aparece ella como era cuando aún no sabía que la vida le iría alejando una y otra vez de su presencia.
No pierden la esperanza. Ella tuvo tres hijos y dos nietas, y él dos hijas y tres nietos. Una de las nietas de ella y uno de sus nietos se acaban de mirar por vez primera entre los columpios del parque de San Telmo. Aún no saben que están matriculados en la misma guardería, que irán al mismo colegio y que a los diecisiete años, en el viaje de fin de curso, se darán el primer beso de amor en Venecia.

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