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Amsterdam

Había vuelto a buscar a Rembrandt y a Vermeer entre las paredes del Rijksmuseum. A la salida comimos en un Sushi Bar que estaba de moda en el barrio de Jordaam. Había fotos de Robben y de Van Persie en los escaparates. La noche se acabó llenando de velas recordando a los muertos en Ucrania. Más allá de los cristales de las casas y de los barcos varados en la ribera del Amstel uno intuía que siempre mienten los que dicen que los tulipanes no huelen a nada. Ayer estaba lloviendo en Amsterdam. El chapoteo del agua en los canales se confunde siempre con los timbres de las bicicletas.

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Cambios de sentido

Lo atropellaron la primera mañana que cambiaron el sentido del tráfico en la calle por la que llevaba cruzando desde hacía cincuenta años. Miró, como siempre, hacia la izquierda sin saber que los coches venían desde hacía unas horas por la derecha. El conductor sufrió un ataque de ansiedad y repetía una y otra vez que no circulaba a mucha velocidad y que había sido el viejo el que se le había metido delante del coche. Llevaba una cartera de la que habían salido volando cientos de folios. Estaban escritos a mano y nunca había sacado fotocopias. Tampoco le había confesado a nadie que escribía poemas desde los dieciséis años. En el obituario destacaron su labor docente en un instituto de la capital. Estuvo impartiendo clases de Filosofía hasta que le llegó la edad de la jubilación. Le iba a enseñar esos poemas a un editor que acababa de abrir una nueva editorial en la isla. El concejal que había ordenado el cambio de dirección de la calle inauguraba a esa misma hora una estatua en el otro lado de la ciudad. Al día siguiente apareció la esquela junto a la sonrisa del edil en el momento de descubrir la placa. Los dos se llamaban José Santana Pérez, pero nunca llegaron a conocerse personalmente. Tampoco supo nadie que uno de los dos era poeta.

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El oasis necesario

Cerraba los ojos y recordaba el desierto. Un niño moreno, descamisado e inquieto se zambullía una y otra vez en la charca del oasis en el que se reflejaban las palmeras. Recordaba la majestuosidad de centenarios olivos y estos días de julio es capaz de oler el aroma embriagador de las hojas de las higueras cuando caía la tarde y solo se escuchaba el silencio eterno de la arena. Aquí no paran de pasar coches y las terrazas están atestadas de veraneantes insolentes que casi nunca dejan propinas en la mesas.