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Érase una vez

Más de veinte años después regresó con Olvidado rey Gudú. En todo ese tiempo había atravesado esos sombríos paisajes del alma que tantas veces derrotan a las palabras. Cuando volvió a asomarse a las librerías con ese nuevo libro escribió que lo dedicaba a todo lo que había perdido y a todo lo que había olvidado. Quien escribe sabe de antemano que lo que no se cuenta queda extraviado en esa tierra de nadie que acaban poblando las ausencias. La vida hubiera sido mucho menos habitable sin las ficciones y sin páginas como las que ha dejado escritas Ana María Matute. Como mujer y como escritora fue siempre unos pasos por delante. Incluso su muerte parece más física que literaria, quizá porque entendemos que sigue viva en los anaqueles y detrás de cualquiera de sus personajes.
Formó parte de una generación marcada por la Guerra Civil. Cada vez que pasa el tiempo admiro más la literatura que escribió la Generación del 50. No solo era poesía; también en prosa fueron grandes contadores de historias. Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Sánchez Ferlosio, García Hortelano o Ana María Matute supieron escribir sobre la desesperanza y sobre aquel halo gris de la posguerra que solo era posible contar poniéndose en el lugar de un personaje. Muchas veces nos olvidamos del realismo inicial de Ana María Matute y de unos relatos magníficamente escritos en unos años en los que el relato casi no se estilaba en la literatura española. Ya luego añadió a su escritura elementos fantásticos y altos vuelos de la imaginación. Para mí su fantasía no tiene nada que envidiar a la de Tolkein y se adelantó muchos años a esos libros que ahora están de moda gracias a las series televisivas. Lo que uno encuentra en Juego de Tronos ya lo habíamos leído mucho antes en sus libros. Quizá porque ella volvió a los clásicos, a H.C. Andersen, a Jacob y Wilhem Grimm o a Charles Perrault, para reinventar su fantasía a través de ellos. Una vez le escuché que toda su vida cambió cuando oyó por vez primera Érase una vez. A partir de esas tres palabras uno puede viajar a cualquier parte o mirarse en un espejo diferente cada mañana. Tras ese comienzo de los cuentos ella atisbó una salida en medio de la grisura y del astracán de aquella España triste de posguerra. Por eso decía hace un rato que iba siempre unos cuantos pasos por delante. Su literatura la reconoceríamos sobre la marcha entre cientos de libros. A mí también me gustaba mucho su elegancia y esa forma que tenía de llevar los años como si no escondiera ninguna tristeza bajo sus párpados. Creo que fue la mejor escritora que entendió a Lewis Carroll en castellano. También ella atravesó el espejo. A veces la fantasía es lo único que nos salva. Ana María Matute no ha muerto. No te extrañes si al adentrarte en cualquiera de esos espejos te encuentras con una mujer de pelo blanco y serena mirada.

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Improvisaciones

Necesitaba las palabras para orientarse. Llenaba páginas frenéticamente y luego nos leía lo que había escrito. Nadie podía imaginar que improvisaba. Un día logramos ver de cerca uno de esos papeles y solo había frases inconexas trazadas con una letra ininteligible. A ella le bastaban esas pistas para poder contarse. A veces lo que menos importa es lo que uno escriba. Lo que realmente vale es lo que logramos ver mucho más allá de las palabras. Solo hablaba cuando escribía. El resto del tiempo permanecía en silencio. Su biografía era una invención diaria que se leía entre líneas, una de esas historias en las que tantas veces nos acabamos confundiendo con nuestro propio personaje.

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Tramos de vida

La vida no terminamos nunca de contarla. Siempre nos faltarán páginas o nos quedaremos sin tiempo si alguien se empeña en que revolvamos en ese trastero siempre sorprendente que es nuestra propia memoria. Algunos te dicen que sus logros son escasos y que cabrían en un par de renglones; pero luego les pides que se cuenten y no saben dónde terminar poniendo ni el primer punto y aparte.
Cualquier detalle vale para una novela o para tener a alguien en vilo durante muchas horas. Un amigo hizo la prueba el otro día subiendo y bajando de muchos taxis. La mayoría de las veces ya le hablaban sin que él preguntara nada. Todos tenían algo que decir sobre Iniesta, las prospecciones, el rey de España o sobre el tiempo que duraban los distintos semáforos en los que se iban parando. También había otros conductores silenciosos, como si mascullaran alguna pena en sus adentros o estuvieran pensando en cualquier problema que dejaron sin resolver al salir de casa. A los que hablaban sin parar y a los misántropos les formulaba la misma pregunta. Les preguntaba si eran felices. Casi todos se quedaban a cuadros o balbuceando monosílabos. Yo creo que todos nos quedaríamos medio pasmados si alguien que no conocemos nos preguntara de sopetón por nuestra felicidad. No es una respuesta que se pueda dar al tuntún. Podemos parecer dichosos en medio del peor de los dramas o andar aliquebrados en tiempos de bonanza. Los humanos somos, sin duda, los seres vivos más enigmáticos de este planeta, mucho más que los grillos, que los caballitos de mar o que las musarañas.
Mi amigo aprovechó un sábado por la mañana para subirse a distintos taxis de la ciudad en la que vive hace años. En cada uno de ellos estaba exactamente quince minutos. Huelga decir que se gastó en automoción lo que se hubiera gastado en un buen restaurante. No se arrepiente de esa inversión sociológica. Según dice a todas horas, valió la pena el experimento. Cuando preguntaba por la felicidad a los taxistas se encontraba con esas dudas iniciales; pero luego casi todos confesaban ser felices. Digamos que cada uno buscaba algún motivo para contar que su vida valía la pena. Se agarraban a una nieta recién nacida, a la salud, al puesto de trabajo, a la mujer que llevaba a su lado muchos años, al lugar en el que habitaban o al recuerdo de todos aquellos a los que habían tenido la suerte de conocer en los distintos recorridos por la ciudad. Cuando llevaban unos minutos, hasta a los más timoratos y misántropos les faltaba tiempo para contar la dicha que habían vivido. Bajaba de un taxi y sobre la marcha subía al siguiente. A todos les pareció imposible resumir sus alegrías en tan poco tiempo. Durante quince minutos logró que muchos taxistas transitaran, al menos por una vez, cerca de sus propios itinerarios.