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Telepatías

Yo quería pedir mortadela, pero en el último momento salió de mi boca la palabra salami. Ella me dijo que cuántos gramos quería de mortadela. Le respondí que cien gramos y no le di ninguna importancia. Eso fue el primer día. Las mañanas siguientes me sucedía algo parecido. Yo iba pensando lo que iba a comprar y luego siempre nombraba un embutido diferente; pero ella jamás se equivocaba y me partía el que yo estaba pensando. Hacía oídos sordos a mis encargos. Con los demás clientes veía que no le pasaba lo mismo. Si le pedían jamón cocido les ponía jamón cocido, y si era pechuga de pavo no les corregía el pedido eligiendo salchichón o lomo embuchado. Una de esas mañanas, al llegar a casa, comprobé que no me había servido lo que había pensado. Tampoco estaba lo que yo había nombrado. Me puso otro distinto, pero cuando lo abrí me entraron unas ganas tremendas de comer ese embutido que ella había elegido entre todos los que aparecían en el expositor de la nevera. Con el tiempo se vino a vivir conmigo. No le tenía que decir nada. Me bastaba con mirarla para que me entendiera. Esto que lees, por ejemplo, lo ha transcrito ella misma con las palabras que creía que yo estaba pensando. Yo querría haber escrito algo sobre el poder insano de quienes leen las otras mentes y sobre los amores que se acaban. Ahora está en la cocina. Huele a potaje de berros. Toda la vida he detestado el potaje de berros. Creo que hemos dejado de querernos.

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Érase una vez

Más de veinte años después regresó con Olvidado rey Gudú. En todo ese tiempo había atravesado esos sombríos paisajes del alma que tantas veces derrotan a las palabras. Cuando volvió a asomarse a las librerías con ese nuevo libro escribió que lo dedicaba a todo lo que había perdido y a todo lo que había olvidado. Quien escribe sabe de antemano que lo que no se cuenta queda extraviado en esa tierra de nadie que acaban poblando las ausencias. La vida hubiera sido mucho menos habitable sin las ficciones y sin páginas como las que ha dejado escritas Ana María Matute. Como mujer y como escritora fue siempre unos pasos por delante. Incluso su muerte parece más física que literaria, quizá porque entendemos que sigue viva en los anaqueles y detrás de cualquiera de sus personajes.
Formó parte de una generación marcada por la Guerra Civil. Cada vez que pasa el tiempo admiro más la literatura que escribió la Generación del 50. No solo era poesía; también en prosa fueron grandes contadores de historias. Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Sánchez Ferlosio, García Hortelano o Ana María Matute supieron escribir sobre la desesperanza y sobre aquel halo gris de la posguerra que solo era posible contar poniéndose en el lugar de un personaje. Muchas veces nos olvidamos del realismo inicial de Ana María Matute y de unos relatos magníficamente escritos en unos años en los que el relato casi no se estilaba en la literatura española. Ya luego añadió a su escritura elementos fantásticos y altos vuelos de la imaginación. Para mí su fantasía no tiene nada que envidiar a la de Tolkein y se adelantó muchos años a esos libros que ahora están de moda gracias a las series televisivas. Lo que uno encuentra en Juego de Tronos ya lo habíamos leído mucho antes en sus libros. Quizá porque ella volvió a los clásicos, a H.C. Andersen, a Jacob y Wilhem Grimm o a Charles Perrault, para reinventar su fantasía a través de ellos. Una vez le escuché que toda su vida cambió cuando oyó por vez primera Érase una vez. A partir de esas tres palabras uno puede viajar a cualquier parte o mirarse en un espejo diferente cada mañana. Tras ese comienzo de los cuentos ella atisbó una salida en medio de la grisura y del astracán de aquella España triste de posguerra. Por eso decía hace un rato que iba siempre unos cuantos pasos por delante. Su literatura la reconoceríamos sobre la marcha entre cientos de libros. A mí también me gustaba mucho su elegancia y esa forma que tenía de llevar los años como si no escondiera ninguna tristeza bajo sus párpados. Creo que fue la mejor escritora que entendió a Lewis Carroll en castellano. También ella atravesó el espejo. A veces la fantasía es lo único que nos salva. Ana María Matute no ha muerto. No te extrañes si al adentrarte en cualquiera de esos espejos te encuentras con una mujer de pelo blanco y serena mirada.

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El monstruo

Se encierra cada mañana en el cuarto más silencioso de la casa. Hace años pintaba cuadros hermosos. Si mira las paredes verá todos los paisajes que fue creando de la nada. Nunca ha salido de aquí, pero él decía que soñaba todos esos valles y las calles de esas ciudades que ha sido capaz de plasmar como si llevara toda la vida caminando por ellas. Ni siquiera sabemos si existen esos lugares. Ya luego empezó a obsesionarse con esa mujer que puede ver retratada por todas partes. Tampoco sabemos quién es; pero estamos seguros de que nunca la ha visto. Cuando nació lo escondimos entre estas cuatro paredes para no hacerle sufrir. Nunca hemos dejado que se mire en un espejo. Tampoco ha visto la tele ni sabe nada del mundo real que está ahí fuera. Su padre y yo decidimos salvarle de las burlas y de la crueldad de la gente. Yo tampoco salgo. Mi marido se encarga de todo lo que hay que hacer en la calle. Usted es el primero que entra aquí después de cuarenta años. Ya casi no pinta. Ahora habla a todas horas con esa mujer y no hace más que buscar en los posos de café toda clase de presagios y de esperanzas. Sí, ahora le tenemos miedo. Algunas veces se pone demasiado violento o empieza a increparnos. Pero es esa mujer la que le ha trastornado. Le hemos llamado para ver si usted le puede dar alguna pastilla que le calme o le haga olvidar a esa arpía que busca a todas horas en las tazas. No se asuste cuando lo vea. Él cree que se parece a todos los que están ahí afuera.