Tiempo de mariposas

De repente desaparecen casi sin que nos demos cuenta. Solo los niños preguntan por ellas cuando dejan de reconocer sus vuelos en los parques donde juegan. Las mariposas vuelan como si bailaran con música de violín. Su liviandad hace que nos parezcan casi etéreas siempre que las vemos perderse entre las flores o los árboles. Vuelan en silencio. En estos días se han movido entre carteles electorales ante los que no se paraba nadie, y si parábamos un momento preferíamos admirar el vuelo de las mariposas o seguir mirando para otro lado.
Los ojos son sabios y, si no los forzamos, terminan eligiendo por nosotros lo que realmente merece la pena. Una mariposa será siempre más bella que cualquiera de nuestras banderas ondeando al viento. No entiendo esa manía de algunos por atraparlas entre alfileres. Todo lo que se detiene se acaba muriendo, y la primavera no llega hasta que no las vemos de nuevo zigzagueando inquietas entre los pétalos de las flores nuevas.
Cuando era niño, recuerdo la metamorfosis casi milagrosa que seguíamos atentos desde que veíamos la oruga que luego terminaba convirtiéndose en crisálida y que, al final, cualquier mañana inesperada, ya se convertía en una de las muchas mariposas que acababan sobrevolando los cielos azules de la primavera.
A veces nos olvidamos de la naturaleza sin tener en cuenta que finalmente lo que somos solo lo entenderemos fijándonos en ella. Todo eso proceso de las mariposas hasta que nacen se parece mucho a nuestro propio paso por la vida, y no digamos al de la literatura que se va nutriendo de argumentos mucho tiempo antes de que aparezcan las alas que nos terminan escribiendo. Nadie vuela nunca de la noche a la mañana, y siempre hará falta paciencia, suerte y tesón para llegar lejos.
A uno le gustaría llegar a todas partes rodeado de las mismas mariposas amarillas que presagiaban la llegada a Macondo de Mauricio Babilonia. Nunca sé qué contestar a los niños cuando preguntan que dónde acaban yendo las mariposas que desaparecen con los primeros fríos del otoño. Les podría decir que también nosotros dejamos de volar de vez en cuando; pero es muy probable que no me entendieran, aunque al final serán ellos mismos los que descubran que unas veces volamos y que otras tenemos que esperar pacientemente a que nos vuelvan a salir las alas para emprender nuevos vuelos. No siempre podremos parecernos a las mariposas monarcas de alas rojinegras que aún nos siguen hipnotizando cuando las miramos revolotear entre las flores como si siguieran esos acordes de violín que uno imagina siempre en medio de sus bailoteos; pero cada mariposa que nos encontramos es como un guiño a nuestra propia suerte. Siempre presagian algo bueno, como la primavera, como todo lo que empieza.

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