Olor a lápiz

Siempre escribía con lápices del número dos de la marca Staedtler. Le bastaba con oler la punta recién afilada para encontrar algún argumento. Se escribe lo que se huele aunque ni siquiera nos demos cuenta de que solo estamos siguiendo la pista de algún olor cada vez que trazamos una palabra. En el sexo sucede lo mismo, y en la comida, y en cada una de las ciudades en las que nos adentramos.
Hay olores que te aferran a los sitios y otros ante los que pasas de largo, así sean perfumes caros o fragancias llamadas a conquistar las más exigentes pituitarias. Incluso cuando golpeaba el teclado necesitaba tenerlo siempre a mano. No era un amuleto, ni uno de esos fetiches a los que se agarran los supersticiosos más desesperados. Con ese lápiz estaba a salvo cada mañana. Nunca olvida aquel milagro que supuso ver cómo salían todas las letras de su mano cuando aún no era capaz de intuir que esas mismas letras sombreadas le terminarían salvando en todos los naufragios.

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