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La otra suerte

Él decía todo el rato que acabaría siendo millonario. Estaba obsesionado con el dinero y con los juegos de azar. Solo le habían tocado unos cuantos reintegros y algunas de esas combinaciones que casi no dan para jugar de nuevo. Se gastaba veinte euros a la semana. Era un hombre metódico con su suerte. El día que le cayó el único rayo de la única tormenta de verano de aquel año salía de sellar un boleto de la Primitiva que acabó siendo ceniza entre sus huesos calcinados. Murió en el acto. Al día siguiente apareció un cartel escrito a mano anunciando que habían sellado el único boleto acertante del último sorteo. Las chicas que estaban detrás de la pecera nunca se enteraron de su muerte. Ahora esperaban ilusionadas a que ese ganador las premiara con un par de miles de euros. Los fotógrafos no dejaban de sacar fotos del local y de sus empleadas. La noticia del que había muerto fulminado por un rayo aparecía justo al lado de los números de la suerte.

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La paloma

Unos la miran con pena, otros con asco y la gran mayoría con indiferencia. Hasta hace unos días volaba por encima de las torres de la Catedral y zureaba entre los árboles. También reconocía a los viejos y a los niños que venían cada tarde con pan duro o con paquetes de millo que sonaban como el granizo que vio caer hace años sobre las aceras. Defecaba por miedo, pero la gente pensaba que era por alguna enfermedad. Su única enfermedad era no poder volar. Milagrosamente, pudo pasar la primera noche sin que llegara un gato o una rata a despellejarla. Se refugió en el portal de una casa con azulejos de colores. Los dueños entraban con mucho cuidado. Eran los primeros que se conmovían con su presencia, pero no hicieron nada por salvarla. Ya esta mañana no estaba por ninguna parte. No hay restos sanguinolentos ni plumas esparcidas por la calle. Nadie sabe qué habrá sido de ella.

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Voces lejanas

Marcaba un número al azar y empezaba a contar su vida. La mayoría de la gente cortaba sobre la marcha la llamada y algunos le insultaban o lo amenazaban. También había quien se quedaba escuchando sin decir nada. Según los días, empezaba el relato de su vida desde la infancia, desde los años universitarios, desde que habían nacido sus hijos o desde que lo habían despedido del trabajo en el que estuvo casi dos décadas. Después de que perdió el trabajo comenzó a beber y a holgazanear, y en apenas seis meses ya había echado abajo todo lo que había conseguido en más de veinte años.
Su mujer y sus hijos mayores le habían impedido el acceso a su propio domicilio. Por eso se vino a vivir con su madre. Bebe en casa, solo, mientras su madre, que hace tiempo que perdió la memoria, mira la tele sin saber qué diablos está mirando. Esta mañana volvió a marcar otro número de teléfono. Le dejaron hablar. Contó detalles de un amor de juventud con el que salió en Madrid durante los tres últimos años de carrera. Repetía una y otra vez que no sabía por qué había abandonado a aquella mujer que le había querido tanto. Ella le dijo que la dejó porque era un canalla y un cobarde, porque el padre de la otra le ofreció trabajar en el banco que dirigía y porque, en el fondo, siempre fue un hombre aniñado e incapaz de asumir responsabilidades.
Él no se atrevió a responder mientras ella hablaba. No la dejó terminar. Cortó como le solían cortar a él cuando comenzaba a lamentar su mala suerte y sus decisiones equivocadas. Nunca memorizaba los números de teléfono que iba marcando y el suyo aparecía siempre como usuario desconocido. Ella llevaba más de veinte años esperando para poder desahogarse. Él dejó de llamar a desconocidos y siguió bebiendo mientras miraba los programas de los canales que iba eligiendo su madre.