El gulag

Hago como que los entiendo. No solo basta con escucharlos. Da lo mismo lo que me digan. Ellos solo quieren que alguien esté atento a sus palabras. Los han ido encerrando en el edificio que está más al norte. Les prohibieron que escribieran y empezaron a volverse locos y a hablar solos por las calles.
El jefe empezó invadiendo otros países, persiguiendo extranjeros y al final, como hacen siempre todos los tiranos, también quiso controlar lo poco que se estaba leyendo. Solo deja escribir a unos cuantos paniaguados que ensalzan su torso musculado o sus fotografías exhibiendo metralletas. En los países cercanos miraron durante muchos años para otro lado. Ahora no saben cómo detenerlo. Los escritores y los periodistas fueron los primeros que lo contaron; pero los fue silenciando y encerrando en este nuevo gulag para olvidados. Me pagan por vigilarles y por cambiarles el plato de comida dos veces al día. Si supieran que los escucho también me encerrarían. Cuando me preguntan respondo siempre que están en silencio. Alguna vez también añado que parecen arrepentidos, pero los otros no se inmutan. No creo que los dejen salir nunca de este infierno.

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