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Los juegos zodiacales

Tenía un perfil por cada horóscopo y dependiendo de las cartas astrales elegía ser Aries, Sagitario o Libra. Siempre mantenía el mismo nombre. Variaba el apelativo y la foto que utilizaba de portada. Para ser fiel a un signo del zodiaco solo hay que empezar a creerse los comportamientos habituales que se espera de cada uno de ellos. Los Aries se entiende que son impulsivos, los Libras indecisos, los del signo Cáncer lunáticos o los Capricornios perseverantes.
También en la vida vamos asumiendo roles sin darnos cuenta de que muchas veces nos los hemos ido creyendo solo por la insistencia de los demás. Basta que empiecen a decir que eres un buenazo para que te coman hasta las moscas y para que tú mismo te quedes quieto cuando te dan golpes por todos lados; si por el contrario todos dicen que eres un tipo duro que no se anda con chiquitas no te atacarán nunca directamente y tú también te empezarás a creer un sietemachos. Esos roles se asignan y se asumen desde la infancia o adolescencia, casi al mismo tiempo que los horóscopos, y una vez se asientan en tu entorno no los cambia ni el médico chino. Si acaso te puedes mudar de ciudad para empezar desde cero en un lugar que no te conozcan, pero como vuelvas estás perdido porque nunca dejas de ser quien fuiste por donde pasaste. Por eso los regresos son tan peligrosos y tan complicados.
Él no podía cambiar de ciudad porque tenía dos hijos con menos de diez años y una hipoteca que no dejaría de pagar hasta que cumpliera los sesenta y cinco. Se conformaba con ser otro en las redes sociales. Su nombre tampoco era real. Se llamaba Alfredo, pero en el mundo virtual siempre era Adolfo: Adolfo Aries, Adolfo Libra o Adolfo Piscis. Le bastaba ese añadido para que los demás asumieran sobre la marcha cómo era o cómo pensaban ellos que debía ser teniendo en cuenta esas pistas zodiacales. A veces se hacía un lío y mezclaba los perfiles; pero casi siempre se mantenía fiel a lo que se esperaba de cada una de sus personalidades. En la vida real seguía siendo siempre el mismo. En la otra, por lo menos, podía ser un signo zodiacal distinto cada mañana. No tenía preferencias. Le daba lo mismo ser Leo que ser Acuario.

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La habitación azul

Lo de menos era el ejercicio físico. Es verdad que el médico le había recomendado que caminara y que saliera a la calle. Hace años le gustaba salir a la calle, pero ahora no conoce a nadie. Parece como si todos hubieran muerto o se hubieran marchado de este barrio.
También él vino a vivir por un tiempo en este barrio y ya lleva aquí cincuenta años. Estrenó el piso dos meses después de casarse. No tuvo hijos. Sin embargo en una de las habitaciones parece como si siempre hubiera dormido un niño. Su mujer sufrió un aborto con siete meses de embarazo. Todo se fue complicando y al final murió dos semanas después de que perdiera la criatura que esperaban. La habitación la había decorado ella y la habían pintado juntos de color azul pensando que tendrían un niño. Él no se ha atrevido a tocarla en todo este tiempo. Vive entre recuerdos, con muebles viejos y apolillados. Hay varios portarretratos con imágenes de su mujer y uno muy grande, que siempre ha estado sin fotografía, en la habitación pintada de azul.
Cuando sale por la mañana camina por la Avenida Marítima. Casi todos van corriendo a esa hora. La primera vez que le saludó no lo reconoció. Era un hombre de unos cincuenta años que se parecía mucho a su mujer y que tenía sus mismas manías y sus mismos ojos. No le preguntó quién era. Siempre llega corriendo y le llama por su nombre a medida que se aleja. Es la única persona, aparte del médico que le recomienda que haga deporte, con la que habla. Desde que se lo encontró deja todas las noches encendida la lámpara que está en la habitación en la que su mujer cuidó hasta el último detalle.

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Días de paso

Javier Estévez acaba de publicar su primera novela. Para cualquier escritor ese momento es inolvidable. No es su primer libro publicado, pero sí el primero en el que la ficción trata de contar lo que a veces no conseguimos entender por más que tengamos las respuestas delante de nuestros propios ojos. La vida no se entiende aun siendo tan diáfana o tan sencilla como todo lo que aparece y desaparece a diario sin que nos demos cuenta. Javier es de mi pueblo, algo más joven que yo, pero está igual de marcado por la literatura en los mismos colegios y con la misma profesora. Siempre nombro a María Teresa Ojeda como una de las personas que me dejó letraherido de por vida. De sus clases han salido casi una decena de escritores y Javier es el último de ellos. Días de paso es una historia centrada hace dos siglos en Lucena, que sería un remedo de Guía de Gran Canaria. Además de contar numerosos sucesos que cambiaron muchas cosas de nuestro entorno, se plantea esa universalidad que tienen siempre los temas esenciales de nuestra propia existencia. Al final escribimos solo para buscar respuestas, o para ponernos en el lugar del otro como si fuéramos nosotros mismos o como si intuyéramos que no somos mucho más que un sueño pasajero.
Un viajero al que el azar acaba trayendo a Gran Canaria termina en Lucena viviendo en primera línea la epidemia de fiebre amarilla que sufrió la isla hace doscientos años. Aparecen personajes reconocibles como Canónigo Gordillo o Luján Pérez y también se retrata perfectamente el ambiente, la situación política y el habla de la época. Javier es un geógrafo con una pasión extrema por los árboles. Ya había publicado hace años el libro Gigantes en las Hespérides sobre los árboles más emblemáticos de las islas. Aquí se adentra en lo que en 1812 quedaba del bosque de Doramas y nos cuenta todo lo que él sabe y lo que añora de aquellos paisajes que entonces comenzaban un deterioro cada día más descorazonador. Un árbol contiene la memoria de miles de hombres y ha visto pasar más tiempo y más pájaros que cualquiera de nosotros. En la novela, que está estructurada como un diario que permite que nos asomemos todavía más cerca al alma del personaje principal, se dice que la vida pasa en silencio, sin hacer ruido, y tal vez por eso mismo el pasado que no se cuenta camina más veloz hacia el olvido, o queda a oscuras cuando ni siquiera somos capaces de imaginarlo. Javier Estévez logra que viajemos en el tiempo y que sintamos el miedo que tuvieron nuestros antepasados ante las epidemias. También consigue que nos reconciliemos con la naturaleza; pero sobre todo logra que la emoción de la palabra nos ayude a entender un poco mejor lo que tantas veces pasa de largo ante nuestra propia sombra o ante otras miradas que no son más que el anticipo de una gran historia.
Artículo publicado ayer en la edición de papel de Canarias 7