Evoluciones

No está todo perdido. Nacen niños, se enamoran hombres y mujeres de todas las edades, descubren medicamentos casi milagrosos, amanece, atardece, siguen apareciendo las estrellas por las noches y de vez en cuando alguien nos devuelve una sonrisa inesperada cuando vamos por la calle. Luego es verdad que también te encuentras noticias que desmontan todas esas alegrías cotidianas. Hace unos días, en este mismo periódico, nos encontrábamos con la crueldad casi llevada al último extremo y con la ternura que te deja al borde de las lágrimas cuando te das cuenta de que la propia naturaleza se encarga de seguir insistiendo para que nunca perdamos la esperanza.
Un hombre contagió de VIH a una mujer. Lo hizo a sabiendas, y cuando ella descubrió que era portadora de esa enfermedad él le escribió un SMS, macabramente burlesco, en el que le recordaba lo dura que es la vida cuando uno está a expensas de una enfermedad en una habitación de hospital. Para que naciera ese hombre, como otros humanos capaces de cometer las mayores tropelías, ha hecho falta una evolución de millones de años y de milagros casi imposibles. Uno se pregunta si ha valido la pena. Luego te encuentras con seres humanos capaces de jugarse la vida por salvar a otros o por ayudar en remotos lugares del planeta. El mismo día también aparecía en el periódico la noticia de una hembra de cachalote pigmeo que se negaba a abandonar a su cría muerta en la playa de La Laja. Esa atadura atávica a los hijos no es algo que solo vivan los humanos. La insistencia en querer estar cerca de su criatura también la estaba condenando a morir a ella. No podía regresar al océano y daba vueltas desesperada por el dolor de esa pérdida y por no encontrar salida por ninguna parte. En la evolución de esos cetáceos también ha habido muchísimos milagros, entre ellos ese amor incondicional y esa lealtad más allá de todos los riesgos y de todas las distancias. Pero al mismo tiempo, otros humanos pudieron sacar a la hembra cachalote del agua, subirla con cuidado a un furgón y devolverla al mar en el otro lado de la ciudad, enfrente del Confital, justo donde el Atlántico navega hacia donde mismo nadan desde hace miles de años los cetáceos que habitan nuestros fondos abisales. Javier Darriba, que es el compañero que redactó la noticia en Canarias 7, cuenta que esa hembra de cachalote pigmeo que no quería abandonar a su cría “dio un fuerte aletazo y se sumergió entre las olas”. Un grupo de humanos y un cetáceo cruzaron sus vidas durante unos minutos. Hicieron falta millones de años para que tuviera lugar ese encuentro. En medio de la eternidad de los océanos quedará la espuma luminosa de ese aleteo para compensar los daños y las crueldades de quienes todavía no han aprendido nada después de tantos y tantos años.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *



El contenido de los comentarios a los blogs también es responsabilidad de la persona que los envía. Por todo ello, no podemos garantizar de ninguna manera la exactitud o verosimilitud de los mensajes enviados.

En los comentarios a los blogs no se permite el envío de mensajes de contenido sexista, racista, o que impliquen cualquier otro tipo de discriminación. Tampoco se permitirán mensajes difamatorios, ofensivos, ya sea en palabra o forma, que afecten a la vida privada de otras personas, que supongan amenazas, o cuyos contenidos impliquen la violación de cualquier ley española. Esto incluye los mensajes con contenidos protegidos por derechos de autor, a no ser que la persona que envía el mensaje sea la propietaria de dichos derechos.